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16 de junio 2006 - 00:00

Polo Norte, una visita a los esquimales

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Había un sol espléndido, y yo caminaba envuelta en una nube de diamantes. Y en la costa, las olas y olitas estaban heladas, detenidas en su movimiento como si fuera la escultura de un mar. No fue un sueño, aunque lo parecía. Me estaba paseando a menos de 35 grados bajo cero. Respiraba y me veía rodeada de cristales. Cristales que flotaban en el aire como diamantes, porque allí en el Polo la respiración se hiela.
Viajé al Polo Norte, para hacer un reportaje para un diario, y fue algo fantástico. Me enviaron porque los canadienses habían creado un país esquimal, Nunavut, dando independencia a uno de sus territorios y, de ese modo, crearon uno de los países más grandes de la Tierra, con una extensión que es de casi una vez y media la de Europa. Y los canadienses, que son geniales, les entregaron ese territorio a los inuits, les dieron todo el Artico. En todo Nunavut viven unas 30 mil personas. Su capital, Iqalit, tiene unos 2 mil habitantes. Con esa cantidad ya el territorio está superpoblado porque el Artico es tremendamente precario. Los inuits, esos habitantes históricos del Polo Norte, a los que antes llamábamos esquimales, forman un pueblo que ha vivido en las condiciones más extremas de la Tierra, sin apenas alimentos, sin materiales (carecen de madera, por ejemplo), despojados de todo y que, sin embargo, se dedican a tallar y a adornar con exquisito gusto sus arpones de hueso, o a crear bellísimas esculturas de piedra.

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Fuera del mundo
Estar en Nunavut es como salirse del mundo, es entrar en un lugar hiperbóreo, es andar mil kilómetros por encima del Círculo Polar Artico, y apenas a 400 kilómetros del Polo Magnético. En 1993 estuve tres semanas a fines de mayo, que es el verano. Un verano a 35 grados bajo cero.
Cada vez que recuerdo que los inuits, los esquimales, salían a fumar a la puerta de sus casas, miraban de un lado a otro, y exclamaban: «qué tiempo tan bueno», y había 35 grados bajo cero, no dejo de reír.
Para ir a Nunavut tuve que prepararme en todo. No se puede llevar nada que sea de plástico, o de un plástico especial, porque se rompe. El fotógrafo que iba conmigo tuvo que comprar cosas específicas para ir allí, porque los aparatos, además de poder romperse, no funcionan, se traban, las cámaras no gatillan. Yo no llevaba nada de plástico, porque ya me lo habían advertido, y de repente, el bolso, que era de cuero, sonó como si se hiciera añicos. Lo abrí, y el interior, el forro, que era de plástico, se partió todo en cachitos, se hizo polvo. Cuando se está en Nunavut uno no se da cuenta del clima polar porque lleva zapatos especiales, ropa apropiada, y anda todo tapado. Uno se pasa diez minutos encandilado por el paisaje, y no tiene frío. Pero, de repente, a los diez minutos de estar fuera, o no se sienten las manos o no se sienten los pies. Entonces, o uno se mete y bebe algo caliente o energético, como chocolate o algún alcohol, o se congela. Sin darse cuenta, uno se está empezando a congelar, a transformarse en una estatua de hielo. Cuando se entra a la casa, y las manos o los pies se empiezan a descongelar, duelen muchísimo.
Es terrible, en ese territorio se está todo el tiempo pasando de un principio de congelación a la descongelación. Horrible. Evidentemente, a los inuits eso no les pasa.
Esto se debe a que tienen cuerpos como los de los neandertales, que eran compactos. Y los inuits son supercompactos: son mucho más bajos, más redondos. Con esa masa corporal tiene menos superficie en exposición.
De cualquier manera uno se pregunta: ¿cómo esa gente se quedó allí, en el medio más duro de la Tierra, mucho más duro que el desierto? ¿Cómo aprendió a sobrevivir? Y vuelve a asombrarse del poder de adaptación que tenemos los humanos.
Me gustaba charlar con los inuits jóvenes que habían «viajado abajo», al Sur, a estudiar a Ottawa. Ottawa es, de todas las ciudades canadienses, la más fría, es heladora. Se puede vivir en las demás ciudades canadienses, pero Ottawa, la capital, es imposible. Anuncian: tiempo de exposición, 35 segundos. Eso es lo que se puede estar al aire sin que se congele la nariz.
Yo les preguntaba a los jóvenes inuits cómo la habían pasado en Ottawa, y me decían: «Ah, sí, los árboles, muy bonitos los árboles, y las calles, muy bonitas las calles, pero... no nos gustó, preferimos vivir aquí... allí hace demasiado calor». Tuve que contener mi risa, aunque al final de esta historia creo que riendo les doy la razón.

TRANSFORMACION
Los inuits son gente maravillosa que pasó en una generación del paleolítico absoluto, de no tener una lengua escrita, a las computadores y a Internet. Entrevisté a una mujer de cuarenta años, una de las dirigentes de las políticas de Nunavut, que había nacido en el aislamiento paleolítico con los iglús y los arpones para cazar.
Una parte de su vida la había pasado como en muchas regiones del mundo hace 10 mil o 20 mil años, y ahora vivía en una de esas estupendas casas prefabricadas, con un calor fantástico, con su computadora y televisión por satélite. Pero, eso sí: no tienen heladera. ¿Para qué la van a tener? Uno pasa y, junto a la casa, ve un alce que cuelga despatarrado o un pescado enorme clavado tieso como una barra de hielo. Sale el inuit, corta lo que necesita para comer, y se vuelve a su casa.
Durante muchísimo tiempo, los inuits no tuvieron más que hielo y animales. Su vida giró en torno a aceite, huesos y piel de focas y renos principalmente. Con tan sólo eso desarrollaron artefactos de un gran refinamiento, y en cada uno de ellos se mostraron verdaderos artistas. Ellos inventaron, entre muchas otras cosas que nosotros usamos, la parka, la campera impermeabilizada, o el kayak, dos palabras de lengua inuit.
Lo malo es que a esa gente hoy la sostiene el Estado canadiense, que es una de las sociedades de bienestar más desarrolladas del mundo. En el ranking de desarrollo mundial ocupan el puesto número uno, no en cuanto a dinero, sino a calidad de vida, cuidado de ancianos, cuidado de minorías, niveles de educación. Pero como saben que no es bueno que los inuits vivan de dádivas del Estado han fundado la Universidad del Artico, y están intentando hacer un desarrollo para que los inuits generen sus recursos, los mineros y de gas, que los tienen, y a la vez que los puedan controlar para que no contaminen el Artico, que es un ecosistema fragilísimo. Estuve en Nunavut tres semanas, y luego bajamos en avioncitos con patines de hielo hasta un lugar, un pueblo de cuatro, cinco casas, luego tomamos otro avioncito a otro lugar, un pueblo de cinco o seis casas prefabricadas en medio de la nada, del desierto ártico total, de esos hielos eternos que tienen tres kilómetros de profundidad. Así hici-mos montones de saltos hasta llegar a Yellowknife, la capital de los territorios del Norte. Yellowknife es una capital normal, pero como una de frontera, de esas donde se reunían los buscadores de oro. En Yellowknife ya tomamos un avión de verdad, un jet, y volamos a Ottawa. Y de Ottawa a España.
Llegamos de noche a Madrid, con el gorro y el abrigo que traíamos de Iqalit, de haber estado en Nunavut. Empezamos a caminar con el fotógrafo para ir a cenar, sudando sin parar. No pudimos soportarlo y comenzamos a sacarnos la ropa. Fuera el gorro, fuera la campera, «qué calor, esto es el verano». La gente nos miraba asombrada. Pasamos por un termómetro y había diez grados bajo cero. Sólo se trataba de que habíamos subido 25 grados de golpe.
Testimonio recogido por Máximo Soto

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