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16 de febrero 2007 - 00:00

Una excursión al Amazonas hace sentirse explorador

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Ansias de aventuras. Ese es el ingrediente necesario para animarse a explorar, como lo hicieron los conquistadores españoles, hasta que debieron irse al ser expulsados por los portugueses, el tramo brasileño de la región Amazonas, considerado Patrimonio de la Humanidad por ser el pulmón más grande del planeta.
Con sus 5,5 millones de kilómetros cuadrados, esa selva húmeda es la mayor del mundo y la más rica en biodiversidad. En un área de 2 kilómetros cuadrados se llegan a encontrar 300 tipos de especies vegetales diferentes, y existe también gran variedad de animales, principalmente insectos y aves. En sus aguas se han clasificado más de mil especies de peces diversas, casi la misma cantidad que en el océano Pacífico.
La posibilidad de navegar por ríos salvajes, conocer alguna de las 66 etnias indígenas (la mayor población aborigen de Brasil) y algunos de sus 29 idiomas, además de llegar hasta la zona franca de Manaus, son algunos de los atractivos para el turismo internacional que se acerca hasta el norte del mayor país de Latinoamérica.

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Un recorrido estruendoso

En el contexto brasileño, por su riqueza natural y cultural Amazonas emerge como una de las regiones prioritarias para la conservación de recursos naturales y la construcción de modelos de desarrollo capaces de valorizar y proteger las bases naturales, rescatar y preservar el patrimonio cultural y asegurar beneficios a las poblaciones locales. Bajo ese enfoque, el ecoturismo es reconocido como una importante alternativa para el desarrollo regional.
La ciudad de Manaus, a orilla del río Negro, es el punto de partida de la mayoría de las excursiones que se realizan al río Amazonas, que representa una quinta parte del agua dulce del mundo.
Aunque hoy en esa región existen grandes y pequeñas ciudades, el lugar conserva muchos de sus secretos. Una gran cantidad de los afluentes de sus ríos siguen inexplorados, además de que todavía quedan por estudiar y clasificar miles de aves, peces y cientos de mamíferos que se unirán a las 15 mil especies ya conocidas, tucanes, loros, colibríes y halcones, casi dos mil especies de mariposas y más de doscientas clases de mosquitos. Las tierras de la zona son en general planas y bajas, y se encuentran elevaciones en el límite con Roraima y Venezuela. Se trata de las sierras de Itapirapecó, Imeri, Urucuzeiro y Cupim. En esta área se localiza el punto más alto de Brasil, el Pico de la Neblina, que se levanta a 3.014 metros sobre el nivel del mar. Su planicie está formada por áreas de inundaciones y pantanos (Várzeas e Igapós) y tierras firmes cubiertas de una vegetación densa y heterogénea.

CURIOSIDADES

La exploración de esta tierra puede durar desde un día hasta un mes, y, según el tipo de viaje que se haga, se puede estar en un hotel en la jungla, dormir en una hamaca e ir al encuentro de la naturaleza en búsqueda de curiosos espectáculos, como la reunión de las aguas de los ríos Solimoes y Negro, que se da a unos 10 kilómetros de la ciudad de Manaus. El Solimoes tiene aguas barrosas y ricas en nutrientes y el río Negro se caracteriza por sus aguas oscuras y ácidas. Al encontrarse, las aguas de los dos ríos no se mezclan, y corren de lado a lado por una distancia de casi 47 kilómetros.
No es el único fenómeno relacionado con el agua que ocurre en esta región. Uno de los más impresionantes es la «pororoca», una ola que es el resultado del encuentro de las aguas del Atlántico con las de los ríos que desembocan en el estuario del Amazonas.
La palabra «pororoca» proviene del tupí-guaraní y significa «haciendo estruendo», que es precisamente lo que hacen las aguas cuando remontan los ríos en grandes olas hacia la naciente, desbarrancando costas, arrancando árboles y destruyendo todo lo que esté en su camino.
Este fenómeno ocurre también en otros continentes, pero en ningún lugar es tan intenso como en Brasil. La explicación es que allí coinciden algunos factores determinantes, como la existencia de una de las mayores mareas del país, la prevalencia de vientos alisios, que soplan del Este, en el sentido contrario a la corriente del Amazonas. Si a estos factores se suman los cambios de las fases de la Luna, se tendrán las condiciones necesarias para que inmensas masas de agua de mar bloqueen el agua de río, invirtiendo el sentido del curso. Así surgen gigantescas olas con más de tres metros de altura que corren río arriba a una velocidad de 20 a 30 km/h. En síntesis, la marea baja y el río empujan el mar hacia afuera. El proceso inverso hace que la marea vuelva de una forma muy agresiva, generando esa famosa ola, entablando una batalla entre el mar y el río. Muchos surfistas arriesgan sus vidas para correr esta peligrosísima ola de la selva amazónica.

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