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La calidad natural de la leche vacuna, con pasturas a campo abierto, es sin duda superior. Tanto la Argentina (y Uruguay) como Nueva Zelanda (y Australia) cuentan con esta ventaja comparativa que hace del bien un producto diferenciado.
En el caso argentino, este aspecto no está debidamente explotado, por lo que puede concluirse que la imagen «verde» todavía es pobre. Aun cuando no se queda atrás en calidad, con respecto a los líderes, la Argentina tiene una fuerte amenaza que no se cierne sobre ellos, esto es la cuestión sanitaria, que exige la eliminación total de la aftosa.
Por el lado industrial, las cosas están muy bien. Las empresas elaboradoras ejercen un control estricto de la calidad sobre el productor a través del precio.
Por ello, la leche se paga en función del contenido de proteína y de grasa y se efectúan rebajas en el precio, según escalas, en función de la cantidad de células somáticas y de microorganismos existentes. Estas sólo adquieren leche previamente refrigerada en el tambo, lo que incide decisivamente en la calidad y el rendimiento. A su vez, las empresas argentinas de primera línea trabajan con la certificación ISO 9000 y muchas de ellas han logrado ya implementar el sistema de control HACPP.
El modelo pastoril argentino difiere del estadounidense basado en feed-lots, con raciones preparadas con innovaciones claramente cuestionadas. El problema de la «vaca loca» en Europa es una amenaza sobre todo el sistema de producción americano. Esta es una debilidad muy fuerte que no tiene nuestro país que, mediante una adecuada campaña de difusión, debería convertirse en oportunidad.
Nueva Zelanda y Australia (ésta con subsidios) logran los precios más bajos del mundo. Nueva Zelanda, por ejemplo, accede a los mercados con un valor de 2/3 centavos de dólar por debajo de la Argentina.
Esta brecha no es tan significativa como para que no sea factible su eliminación en el media-no plazo. Se trata de una meta alcanzable. Obviamente en esta diferencia emergen problemas de macroeconomía (tasa de interés, evasión impositiva, etc.) de corte estructural.
Pero, aún partiendo de la suposición de que tales problemas no sean resueltos, en el mediano plazo es posible que se cumpla la hipótesis de cerrar tal brecha.
De esta forma, la estructura productiva, técnicamente competitiva a nivel internacional y con ventajas comparativas similares aunque levemente inferiores a Nueva Zelanda, podría volcarse hacia la exportación. Si se incrementase la producción de leche en 30%, el volumen de exportaciones argentinas se cuatriplicaría.
Las posibilidades de elaboración industrial para tal volumen son altas dado que, en rasgos generales, el parque está preparado para recibir tal volumen, habida cuenta de que existe cierta capacidad ociosa, por lo que las inversiones no deberían ser desmesuradas. Si se acentuara la estrategia de mayor producción pri-maria, en pocos años podría pasarse de un valor de exportaciones de u$s 300 millones a uno superior a u$s 1.000 millones, con productos de elevado valor agregado y claramente diferenciados.
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