El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Párrafo por medio en los escritos de Alberdi y Sarmiento se lee una frase, que es como una letanía: ¡Cuidado con la montonera! ¡Se viene la montonera! Pues bien, la montonera está una vez más entre nosotros, en la forma del más descarnado populismo financiero. El repaso de la política monetaria desde abril de 2001 prueba que la Argentina sigue siendo un país de bárbaros, aunque a muchos nos duela en el alma. En un país de bárbaros hacen falta soluciones para bárbaros.
La sensibilidad del público y el grado de dolarización son tan acentuados, que aun sin emisión monetaria el aumento ingobernable de la velocidad de circulación puede provocar una disparada del tipo de cambio y una nueva hiperinflación. En esta coyuntura, el único freno a la hiperinflación es el stock de reservas internacionales del BCRA. El dólar está quieto porque el mercado sabe que el gobierno tiene la capacidad de fuego necesaria para defender este tipo de cambio y la voluntad de hacerlo. La dolarización es aconsejable, entonces, para lograr una estabilidad perdurable. Pero la dolarización, como la convertibilidad, es incompatible con la existencia de un prestamista de última instancia; en otras palabras, es incompatible con la existencia de un banco central. Justamente, la función distintiva de un banco central es emitir moneda sin respaldo para asistir a los bancos comerciales en una corrida sobre sus depósitos.
La función elemental de un banco central no es asegurar la estabilidad del valor de moneda, algo que puede hacer perfectamente una dolarización, una convertibilidad o un cambio fijo cualquiera, sino evitar la caída en dominó de bancos estrangulados por la iliquidez. El BCRA de la convertibilidad auxilió con éxito a los bancos en 1995, cuando la caída de los depósitos llegó a 18%, pero su auxilio fue insuficiente en 2001, cuando la caída llegó a 25%. La corrida del año pasado superó la capacidad de asistencia de un banco central que no puede emitir moneda propia. De forma que la inexistencia de moneda propia lleva a la dolarización, y la dolarización lleva a la creación de una banca comercial que pueda prescindir de la asistencia de un banco central.
Hasta donde yo sé, la banca comercial puede organizarse de cuatro formas: banca tradicional (onshore, universal, de encaje fraccionario), banca libre, banca Simons y banca offshore. El sistema que colapsó en noviembre era una versión robusta de la banca tradicional. Su inestabilidad lo torna inviable en el largo plazo, aun cuando se apoye en un acuerdo monetario bilateral con los EE.UU. o en uno con los bancos centrales que supervisan a las casas matrices de los bancos extranjeros residentes en el país. Tanta ingeniería es difícil de armar, requiere una superintendencia de bancos supranacional, y la incertidumbre sobre su efectivo cumplimiento cuando las papas quemen será grande.
La banca libre ha sido propuesta para la Argentina por Kurt Schuler y Steve Hanke, dos economistas norteamericanos. Tuvo su auge en Escocia, Nueva Inglaterra, Canadá y Suecia en el siglo XVIII y principios del XIX, cuando justamente no existían los bancos centrales. Una caja de conversión emite circulante, el público deposita una parte del circulante en los bancos, y éstos crean depósitos y emiten billetes propios. La oferta monetaria es igual al circulante convertible más los billetes y depósitos en cuenta corriente emitidos por la banca libre. Si por razones estacionales u otro motivo el público deseara menos billetes y más cuentas corrientes, la banca libre haría la transformación en forma automática.
Dejá tu comentario