Hugo
Chávez,
asediado por
los trabajadores
de ATE,
visitó ayer el
INTI y
terminó su
última gira
por Buenos
Aires. No
volverá hasta
después de
las elecciones
de
octubre.
Tan peronista, tan versátil; un día con chaqueta roja, al siguiente con una bandera de barras y estrella detrás. En un zigzagueo, Cristina Fernández «visitó» en menos de 24 horas los extremos ideológicos con el foco puesto en el mercado interno; en el 28 de octubre.
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El juego del péndulo en el que Hugo Chávez interviene para «compensar» la catarata de fotos que la candidata -o su esposo y jefe de campaña- protagonizó en las últimas semanas: Felipe Calderón, José María Aznar, empresarios españoles, el Congreso Judío Mundial.
Chequera en mano, indomable o funcional, pero siempre oportuno, el venezolano estiró su estadía en Buenos Aires para monologar sobre la unidad latinoamericana en un hotel porteño mientras, a la misma hora, en otro sesionaba el Council of Americas que, más tarde, clausuraría la senadora.
Improvisado, de entrecasa, Chávez trató de ensombrecer la otra convocatoria. Logró que «Canal 7» ponga al aire párrafos de su exposición ante la prensa y se mostró con Hebe de Bonafini, Miguel Bonasso y Jorge Ceballos, todos más chavistas que kirchneristas.
Fue un desafío menor que el gobierno permitió como, el año pasado, habilitó un acto anti-Bush mientras el presidente de EE.UU. estaba de visita en Uruguay.
Verdad a medias
Un clásico en estos casos: en la Casa Rosada -también en Cancillería- dijeron que Chávez pidió visitar la Argentina para coronar la compra de 500 millones de dólares en bonos no solidarios y concretar la firma de un puñado de acuerdos en materia energética.
Es una verdad a medias. La incursión del venezolano fue una movida coordinada entre Caracas y Buenos Aires para aportar, según los kirchneristas,a la campaña de la primera dama al imprimirle una cuota de «latinoamericanismo», dicen unos. «Un poco de izquierda», resumen otros.
¿A qué vino Chávez? Un dirigente que transita entre Kirchner y el venezolano redujo la respuesta a una frase: «Vino a hacer campaña para Cristina». Y a mostrar a una Cristina más «equilibrada» luego de sus coqueteos con sectores que en el mapa K aparecen como «de derecha».
El encuentro con empresarios españoles a los que les habría prometido futuros aumentos de tarifa, la reunión con Felipe Calderón -luego de respaldar al perdidoso López Obrador- y los contactos recurrentes con la comunidad judía aparecen, para la izquierda vernácula, como malas señales.
El bolivariano Chávez, se sabe, financia múltiples experiencias políticas y militantes en la Argentina. No todas son kirchneristas. Para el gobierno, la palabra de Chávez sirve para evitar fugas por izquierda o, siquiera, para opacar críticas de autoproclamados progresistas.
¿No fue acaso un mensaje con el mismo sentido la crítica que Kirchner hizo en México respecto del muro que Estados Unidos construye en la frontera con ese país?
Aquella referencia, pensada también para el mercado electoral doméstico, fue repasada por Kirchner y Chávez en quizá el único capítulo internacional de la visita de dos días que el venezolano hizo a la Argentina.
Embajador
Cuando, la semana pasada, Kirchner viajó a México prometió intermediar para tratar de restablecer las relaciones diplomáticas entre el gobierno de Calderón y Chávez.
Cordial, condescendiente, el venezolano anunció desde la Argentina el envío de un embajador a Distrito Federal.
El ítem México se discutió la noche del lunes en Olivos en la cena que compartieron Kirchner y Chávez. Unas horas más tarde el bolivariano anunció que Roy Chaderton Matos, ex vicecanciller, será enviado como embajador a México tras dos años de ausencia de delegado diplomático.
Parajodas de la política, Chaderton fue el primer nominado para ocupar la vacante dejada por Roger Capella en Buenos Aires, luego de las quejas del gobierno argentino por lo que consideró « intromisión» de ese delegado chavista en asuntos de la política interna.
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