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Nada puede suceder por el simple efecto de que se genere un pánico y todos vayan, al mismo tiempo, a buscar los depósitos, pidiendo el dinero. El pánico, en todo caso, es el efecto de un proceso anterior que sufre de un gradual deterioro y -básicamente-por un sistema que así como pregonó su «solidez excepcional» (y de lo que se ufanaban casi todos en la Argentina) estaba montado sobre algunos naipes de cartón barato. Lo que se infiere del informe es que todo puede seguir marchando, mientras los depositantes no descubran la gran mentira. Si éstos se dan cuenta, y unos se las cuentan a otros, la solución es armar un campo de concentración, penalizar a los que quieran salirse, y hasta comenzar a digitarle la vida a los dueños del dinero capturado, confiscado, manoteado de un modo inédito. ¿No era el Central la autoridad de control, que tenía que dar la voz de alarma e impedir cualquier baja en la calidad de la conversión? ¿Por qué no lo hizo? Ese es el entramado que todavía nadie cuenta con total veracidad y con argumentos que encajen y que no sean infantiles, sólo para entretener pedidos de informes. De funcionar la famosa válvula de seguridad, la garantía sobre cifras tope, no se estaba muy lejos de poder cerrar la brecha. ¿No había modo de obrar acorde a los convenios pactados, donde se establecían esos límites? Por otra parte, el dinero del depositante es maleable, funcional, expropiable: pero, las reservas son «inembargables». ¡Qué modo más miserable de establecer injusticia!




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