12 de marzo 2002 - 00:00

Cupones Bursátiles

Leemos, azorados, el informe que el Banco Central remitió a la Justicia y en lo que debería resultar una supuesta «explicación» de lo que nosotros hemos dado en llamar como el «campo de concentración financiero» y que ellos, tratando de dulcificar de modo marketinero el daño, denominan (con anuencia del resto) como «corralito».

Lo que allí se puede sintetizar es una bobada, una aparente búsqueda de llenar un formula-rio, con el más irritante descaro, y que se cumpla un trámite solicitado. Porque, en lo que se intenta describir, aparece aquello que todo el mundo sabe -la Justicia lo sabría, simplemente, leyendo cualquier diario-y es que el dinero: se ha volatizado, ha partido con su alma a otro confín lejano. Pero, lo primordial es que no explica en absoluto por qué el sistema financiero quedó en semejante condición. A raíz de qué se genera ese abismo entre cifras de depósitos a la vista -65.984 millones-y lo que quedaba para responder, apenas 11.793 millones. Obviamente que, después, se resume a explicar que no era posible devolver las sumas con emisión monetaria: por el grave riesgo de inflación. Y si no asistiera el Central a los bancos, en cuanto a la devolución, los ahorristas más chicos serían los que quedarían sin cobrar (porque los grandes clientes tendrían alguna preferencia).
 
Nada puede suceder por el simple efecto de que se genere un pánico y todos vayan, al mismo tiempo, a buscar los depósitos, pidiendo el dinero. El pánico, en todo caso, es el efecto de un proceso anterior que sufre de un gradual deterioro y -básicamente-por un sistema que así como pregonó su «solidez excepcional» (y de lo que se ufanaban casi todos en la Argentina) estaba montado sobre algunos naipes de cartón barato. Lo que se infiere del informe es que todo puede seguir marchando, mientras los depositantes no descubran la gran mentira. Si éstos se dan cuenta, y unos se las cuentan a otros, la solución es armar un campo de concentración, penalizar a los que quieran salirse, y hasta comenzar a digitarle la vida a los dueños del dinero capturado, confiscado, manoteado de un modo inédito. ¿No era el Central la autoridad de control, que tenía que dar la voz de alarma e impedir cualquier baja en la calidad de la conversión? ¿Por qué no lo hizo? Ese es el entramado que todavía nadie cuenta con total veracidad y con argumentos que encajen y que no sean infantiles, sólo para entretener pedidos de informes. De funcionar la famosa válvula de seguridad, la garantía sobre cifras tope, no se estaba muy lejos de poder cerrar la brecha. ¿No había modo de obrar acorde a los convenios pactados, donde se establecían esos límites? Por otra parte, el dinero del depositante es maleable, funcional, expropiable: pero, las reservas son «inembargables». ¡Qué modo más miserable de establecer injusticia!

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