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A) La certeza de las predicciones de los que analizan. B) Los beneficios que ellos les hagan generar a los inversores de la firma. ¡Casi nada, Merrill! Estas disposiciones poco tienen que ver con aquella personalidad que, según se puede haber leído, tenía su fundador y el que diera su nombre a este gigante de los negocios. Hacer jugar de adivinos a sus operadores es poco menos que nulo como obligación. Y pretender llevarlos solamente a un «equis» de lo que hagan ganar a otros, suena a un uso indebido de la fuerza. Que podría encajar bien para lo que eran gratificantes «extras», los famosos «bonus», pero en lo que hace al sueldo de bolsillo de esa gente resulta una especie de «ruleta rusa», obligada a jugarse en cada día de trabajo, en cada pronóstico, en todo consejo de inversión. ¿Se logrará un rinde superior con las personas sujetas a presiones extremas? ¿Se hará mejor profeta alguien porque le vaya el sustento en juego? Y si aparece una estrella en el equipo, alguien que meta un acierto tras otro, ¿para qué trabajaría para otro? Un mundo donde: «la sopa es reina y el dinero es rey»... Informate más
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