13 de agosto 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Y cierto es. El Estado tiene complejos bien ganados, acerca de privatizaciones de áreas estratégicos, como para salir ahora a decirle que «no», a la gente de Pérez Companc y Petrobrás. Porque cuando se hizo lo de YPF, no resultaba mal armado el rompecabezas, al menos no tan desastroso como terminó después: con la compañía engullida por el vientre de un petrolera extranjera. Hubo muchos pasos que se fueron volteando uno a uno, y posiblemente gran parte de la población ya ha olvidado algunos aspectos de los mayores: como que las provincias en su conjunto se quedaban con 16% de las acciones. Que el propio Estado conservaba un representante entre los privados y el «voto de oro», por cualquier cuestión a saldar. La dispersión organizada por el grueso de las acciones, era pensada bajo el punto de vista de que nunca existiera una mayoría de control absoluto de la sociedad sino una mancomunión de acciones mayores, junto con los minoritarios. Y, mucho menos, se podía haber planteado en aquel entonces que sobrevendría todo el desparramo y el irse de YPF todo vestigio de los componentes iniciales: para que, al quedar los comunes, la gente de modo individual, se llegara a ensayar un canje por papeles de Repsol. ¿De qué manera se podía, ahora, colocar trabas o ensayar argumentos? Pues, desde lo histórico, absolutamente negado. Quedaba la oportunidad de establecer un punto y aparte. Y enfocar el porvenir con otro marco para este tipo de situaciones, sobre bienes y sectores que se pudieron considerar básicos, estratégicos, o aunque solamente resultaren de interés primordial a la comunidad nacional. Como lo ven en Chile, respecto del cobre, o como los mismos brasileños: que vienen a comprar privado, a través de una estatal...

Pero, no. Nuestros legisladores, nuestros iluminados funcionarios y gobernantes, siempre encuentran las respuestas que suenen a legítimas, que respondan a derecho, que se manejen con el pasado: y dicen que no se encuentran en nuestra legislación impedimentos, que puedan objetar la venta de esa petrolera de capital nacional, a capitales externos. Sí, ya lo sabemos, señores inteligentes, con lo que sucedió con YPF y con todo lo que fueron derogando a la privatización original: ¿qué podría quedar, para utilizarlo como emblema? Nada. El caso era legislar a la manera de cuando se le quedan con los derechos y los dineros de la gente: con «necesidad, urgencia» y extrema importancia para el patrimonio nacional. Se han reunido tantas veces para reventar al ciudadano con los carnavales de discusiones, cuando todo estaba ya pactado antes, que no había ningún problema en volver a reunirse para considerar que hay puntos clave, de un país ya casi todo diezmado e indefenso, que en adelante no debe pasar a manos foráneas. Por ejemplo. A cambio de eso, tratarnos de estúpidos ciudadanos, que ven primero una oposición a la venta, para después oír la justificación basada en el vergonzoso pasado de haber rifado toda riqueza disponible. Puaj.

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