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15 de junio 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

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Las Bolsas de San Pablo y Buenos Aires están sufriendo a rabiar; en Colombia cometieron el pecado que probablemente ha sido desterrado entre las herramientas para querer contener las bajas: al llegar a 10% detuvieron las operaciones en su recinto. Esto, se sabe, solamente crea presiones acumuladas y que después escapan todas juntas, en la clásica sensación del «pánico» en los mercados, la mítica y más temida figura de las tendencias. Pero, allá ellos, que en vez de dejar que la baja llegue a todo lo profundo -en el menor tiempo posible- se dedican a colocarle piedras al avance de la lava.

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No caben dudas de que todo golpea mucho más fuerte, en los más débiles, en los que tienen más alto riesgo implícito. Y esto es así por naturaleza, aunque muchos se sientan sorprendidos -u ofendidos- queriendo salir a mostrar qué excelentes cuentas tienen sus países.

Mejor que los que gobiernan tengan bien en la mira lo que sucede en el mercado bursátil, porque puede resultar mucho más dramático si el mal se traslada de lo financiero/bursátil a lo económico. De nada servirá que salga Redrado a contarnos de las buenas reservas del Central, ni alguno de los Fernández, o Miceli, a pavonearse con el superávit. Si no se tiene la humildad de saber que estamos en el grupo de los débiles y expuestos, cualquier sacudimiento de orden internacional nos verá con tierra arrasada. Que el temor ha llegado bien arriba lo delata una sola cuestión, muy emblemática tomada de quien viene: nuestro Presidente ya va la segunda, tercera, vez que gana la primera plana de los medios porque ha «dado orden de ahorrar». Como corresponde a nuestra idiosincrasia, y mucho más a la que ostenta este tipo de gobierno, viene la orden del tipo «hormiga», después de venir actuando como la «cigarra» en estos años.  


Después de abominar de ajustes, de planes, de ahorros, subsidiando y nacionalizando, incrementando los gastos a mayor ritmo que los ingresos actuales: partió esa orden de «ahorrar». Posiblemente alguna mente menos cargada de efluvios y embriaguez de grandeza, le haya hecho llegar lo complicado que puede estar el mundo a medida que la lava de los mercados está bajando por las laderas. Alguien que haya susurrado al oído: mejor que empecemos a guardar algo, porque las bonanzas no tienen -como las Bolsas- ramas que lleguen hasta el cielo. Los bolsistas, que siempre los seguirá habiendo, que cayeron en la equivocación nuevamente: ahora están teniendo que contar pérdidas, donde hubo utilidad promedio de hasta 25% -en dólares- hasta abril. Para colmo, ya son bastantes más que sólo nosotros los que desconfían abiertamente de la «inflación contada», imaginativa, que poco tiene que ver con la realidad.

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