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29 de agosto 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

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Se dice que ya comenzó la mecánica para que las AFJP se dispongan a financiar el sueño dorado de gobernantes que, después, terminan por hacer la menos complicada para ellos: que los aportantes a la -mal llamada- «jubilación privada» se vean derivando los fondos hacia créditos blandos para viviendas.

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Difícilmente vaya a escucharse alguna propuesta como para que esos mismos fondos concurran a apuntalar de modo más sostenido a empresas que tengan cotización pública. En los orígenes del sistema, cuando se lo iba poner en marcha, una de las falacias que se dispersaban por parte de funcionarios de aquellos tiempos era -justamente- que se podría fortalecer de modo enérgico el mercado de capitales. Cuando lo que estaba gestándose era nada más que reunir el aporte de los trabajadores para cubrir emisiones de títulos públicos-basura.

Y hoy en día, apenas una pequeña porción de las carteras institucionales contiene acciones privadas locales, ante lo cual se podría argumentar que es por falta de capitales emitidos, salvo en algunos pocos nombres.

Ante esto, se puede exponer -como idea a mano alzada- el que tomen nuevas emisiones y que financien, de tal manera, esa imperiosa necesidad de expansión que muchas tienen. Hecho que, de por sí, activaría una segunda marcha imprescindible para la Bolsa y también para el país: que una cantidad de sociedades, ahora remisas a hacerlo, concurra a la fuente natural de recursos casi sin costos, como es la bursátil.

Agregamos supuestos eslabones de lo que es solamente una cadena imaginativa y a la que casi seguro nunca veremos. Del dinero que se acumula parece haber para toda idea que se cruce, además de los consabidos bonos públicos, menos para una de las ramas donde debería derivar un buen segmento de esos fondos. Si se dice que es muy aventurado, que tener acciones en cantidad es demasiado riesgoso, podemos contestar con la historia reciente. Empresas y accionistas allí están, nunca -ni en el peor momento- la crisis y los defaults pasaron por el recinto. Y los bonos públicos que, en teoría, poseían el respaldo soberano terminaron en el vergonzoso canje y el enorme desagio adosado.  


Sería también interesante para que los « administradores» de esas carteras -que cobran semejantes comisiones- cumplan la tarea real de selección de activos, procurando la mayor utilidad razonable. En vez de tener un piloto automático y resultar básicamente iguales, donde la idea de competencia no existe. Los que muestren poca brillantez para ello deberían pagarlo con la deserción de aportantes en favor de los que resulten más iluminados en las inversiones.

Un circuito más sensato de ver resultaría el de sociedades capaces de expandirse sin tener que caer en endeudamientos costosos y prohibitivos. Algo que termina por irrigar en toda la economía y el trabajo.

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