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8 de noviembre 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

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Ya las crónicas bursátiles, en todo el mundo, deberían realizarlas algunos «clones» de Macedonio Fernández, directamente conectadas con la metafísica, más que con la irreproducible -y mucho más, inexplicable-realidad que se vive rueda tras rueda. Porque se pasa de encontrar operadores alarmados, corriendo a la salida, basándose en el menú de noticias del día, a encontrarnos de inmediato con un rebote, que viene enganchado con argumentos tan pueriles, como el que originó la mejora del martes en Wall Street y sintiéndose alentada porque el precio del petróleo había ido un par de dólares hacia atrás. Gente habituada a reconocer tendencias accionarias, no podía desconocer que el rumbo de fondo que está siguiendo ese vital elemento (muy bien determinado ese calificativo) es de la tendencia «al alza» que se delata en los pequeños «serruchos» que muestran los gráficos petroleros. Retrocede un paso, para cobrar más fuerza y avanzar dos, que fue lo sucedido en la rueda siguiente, donde tocó otro máximo que ya lo acerca a los 100 dólares. Y una vez allí, acaso podría ser que el número redondo -como sucede con accionesayude a que se dispute mucho más por el precio, surjan vendedores y esto pudiera contenerlo.

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La desesperación para contrapesar las terribles novedades que se suceden en el sistema bancario de Estados Unidos, y su onda expansiva, parecen necesitar de inmediato el poder «agarrarse» de algo y no quedar colgados del pincel. Como para generar un rebote insólito, que se sostenga con causales tan superficiales (también se utiliza que un balance venga mejor que lo esperado) y procure diluir lo que es realmente preocupante. Y así se van enhebrando las semanas que no tienen ni pies ni cabezas, ni arriba, ni abajo, solamente son los índices una masa multiforme, variando a cada paso de figura.

No se puede comentar -seriamente-todo este amasijo de números y signos en que se han convertido las Bolsas. Obviamente que, por estar vinculados a un medio para hacerlo, diariamente debemos encarar la fastidiosa tarea de transmitir al lector lo sucedido. Sin poder ir más allá de las diferencias del tablero de la rueda, puntualizar algunas notas descollantes, mencionar el ritmo de órdenes y el signo del Merval. Hasta cuando la perspectiva inmediata es casi imposible de que vaya a fallar, en suba o en baja, están yendo para otro lado sin poder agregarse más motivos que compartir una sarta de nimiedades, que dan la vuelta al mundo en tiempo real y que los medios reproducen, sin mucho pensar en ellas. No nos metemos en la vida de los demás, acaso existan periodistas o analistas brillantes que puedan ver en la niebla y en lo que, a nosotros, se nos hace impenetrable. Nobleza obliga, lo ilógico nos supera.

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