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7 de abril 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

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Después de dar tantas vueltas, al final de cuentas se tuvo que hablar -oficialmente- de lo que había instalado Greenspan tantos meses atrás. Como todavía el mercado venía con cierta inercia, y siempre quedan los rezagados que no se dan cuenta de que están saliendo y siguen entrando, fueron casi todas las voces a desacreditar el pronóstico de «recesión» probable. Y con los remanidos argumentos de que la inquietud en lo financiero no rozaría a la «economía real». Lo cierto es que pasó mucha agua bajo los puentes; el agua arrasó con tales puentes y comenzó a sumergir a todos: bancos, casas de inversión, entidades de corretajes bursátiles, operadores, inversores comunes en mercados de riesgo. Y llegando, como debía ser, al simple ciudadano común. Esa falacia de la «economía real» intacta se hizo pedazos y todo se fue desplomando. En lo material, primero. Seguido de lo peor, destruyendo ánimos, espíritus, confianza, esperanzas de salidas rápidas.

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Y viniendo arriba de una balsa, por el ancho río, vimos la pasada semana al titular de la Fed -el señor Bernanke- debiendo pronunciar la palabra maldita: «recesión». Todas las señales apuntan a ello; la pérdida de puestos de trabajo abonó más todavía la apreciación. Esto mostró a las claras quiénes tenían razón (y los que querían taparlo todo y hacer algunos intentos desesperados para extender la agonía de un sistema que capotó).

Por allí rodaron también algunos famosos, como el propio Warren Buffett, que entró en escena, amagó con hacerse el JP Morgan de antaño. Y como vio que no lograba nada, retiró su estrategia del escenario. ¿O usted cree, en serio, que los millonarios y famosos no se equivocan nunca?...  

Tuvieron que pasar muchas semanas, muchas medidas, muchos fracasos, discursos del mismísimo Bush que no causaron ninguna impresión a favor, para que -finalmente- el señor titular de la Reserva Federal tirara la toalla, admitiendo la realidad que se le vino encima. Quedó en pie lo de Greenspan, porque resultó pionero en advertir sobre la tormenta que se aproximaba y contándolo con las palabras justas, sin rodeos. Pero muchos no lo creyeron.

Y cuando el olfato del inversor no alcanza a distinguir dónde está el aroma certero que hay que seguir, sucede que las pérdidas se van apilando y apilando.

El que se asustó, el que adoptó la previsión de salir frente a las primeras declaraciones del hombre que más momentos de crisis ha visto. Y el que más ha estado en medio de ellas, al frente del timón, seguramente que se habrá puesto a buen cubierto. Y hoy estará líquido, esperando para retomar posiciones y habiendo ganado del otro lado del mercado: del lado de la baja.

(Es curioso que no se realicen análisis más que desde la pérdida. Lo que impone al inversor común que un mercado tiene una sola faceta. Cuando tiene dos.)

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