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14 de noviembre 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

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Recemos porque este hombre, que se sentará en la Casa Blanca, esté compactando un plan que sea simple y directo. Que apunte a los focos principales. Y que se anuncien las medidas al unísono, en todas direcciones. Pero, quizás también se tenga que abogar porque contenga un poco de «magia». El condimento que no se espera, el que no se piensa, pero aquel que es capaz de dejar impactada a la población. La «rosca» que produce el fenomenal efecto de varias expectativas, de un viernes para un lunes. Aquello que aquí mismo vivimos en nuestro medio, cuando la irrupción del plan austral y, unos años después con la reaparición de la convertibilidad (mecanismo de antaño, olvidado, desconocido para gran parte de la gente) que resultaban la gran bisagra para un estado de situación, mutándolo a otro. (De qué modo uno y otro se deshilacharon con el tiempo, es otra historia.)

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Que haga Obama y su equipo como les parezca, menos lo que han hecho Bush y Paulson. Y este último saliendo una vez más, para anunciar que aquello que se había dirigido a solucionar un sector, en realidad ahora iba ser redireccionado. Podrá decirse que está bien que no se tengan que comer esa nube tóxica, de las hipotecas sin remedio. Pero, lo que mella la escasa confianza que quedaba, es la confesión de que lo anunciado primero era una equivocación.  

El mercado aprovechó de inmediato para volver a «tirarse a muerto», detrás del mensaje Wall Street borró de un plumazo el corto recorrido donde parecía actuar en calma. Y los muchachos de las «automotrices», consiguiendo que el gran rol de víctimas inocentes les diera resultado. Lo que se fue acumulando en diversos sectores, que se pusieron en la fila de los que esperan tomar sopa gratis vestidos de indigentes, es como si les hubiera llegado un «Pearl Harbor» económico: nadie veía venir nada, las alarmas que sonaron durante mucho tiempo no parecieron oírse. Y así como en «1941» media hora antes todo estaba en orden en el puerto, media hora después era todo arrasado por los cazas japoneses que se fagocitaron lo mejor de la flota norteamericana.

Anda en el mundo la visión de que se han desperdiciado miles de billones de dólares, sin que exista un diagnóstico seguro. Y con un pronóstico dejado en manos de Dios. Como en «Pearl Harbor», desoyendo los meses y meses donde la crisis anunciaba su llegada y su explosión principal, mientras los funcionarios decían que era un simple «asunto financiero». Y el asunto es que estamos todos arriba del mismo barco, que sigue chocando contra el hielo, inundados los mercados de ventas y sin poderse cambiar las expectativas. Con muchos sufriendo y, otros, haciendo un negocio de la crisis. Temible.

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