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En términos nominales, se espera que el PBI crezca 8,4% con respecto al del año 2001, ascendiendo a $ 292.670 millones. Aunque nuevamente esta meta reposa en un supuesto que por el momento parece optimista: que los precios sólo se incrementan 14,1% en el año. Sólo en enero el aumento minorista fue de 2,3% a pesar de que hubo fuertes contenciones para que los precios no se disparen. La lógica sobre la cual se elaboró el presupuesto señala que no habrá una inflación mayor debido a la fuerte recesión. La caída de las inversiones en el año tampoco sincera la gravedad de la crisis: sólo caerían 18,5%; es decir, valores similares a los de 2001. Se especula para compensar el impacto que la devaluación impulsará la sustitución de importaciones y ello permitiría una mayor dinámica en el sistema productivo con las inversiones correspondientes. Como contrapartida, resta esperar que se reestablezca la confianza porque difícil se hará reactivar la inversión sin crédito.
Por el lado del consumo se estima que ascendería en pesos corrientes a $ 233.601 millones apuntando una caída en términos reales de 6,3%. Las mayores exportaciones compensarían estas retracciones: se espera que entre bienes y servicios ingresen al país unos 45.945 millones, con una variación real de 5,3% respecto a 2001. Por el lado de las importaciones, ascenderían a $ 30.312 millones, lo que dejaría un saldo positivo para el país de casi 16.000 millones de pesos. En el presupuesto, se prevén recursos totales por $ 52.135 millones y gastos por $ 55.003 millones, con lo cual el resultado financiero deficitario sería de $ 2.858,5 millones. Si a ese resultado se le deduce el monto de intereses de la deuda, se obtiene un superávit primario de $ 3.326,2 millones.
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