Más por "seguir la corriente" que por cualquier otra cosa, cada tanto mencionamos el reporte semanal de pedidos de seguro de desempleo, conscientes que de fárrago de datos macroeconómicos capaces de influenciar la decisión de los inversores, éste es uno de los menos gravitantes. Pero a falta de mejores "excusas", en ruedas como la de ayer cuando costaba identificar algún hecho relevante para la toma de decisiones, sirve para intentar justificar lo inexplicable. La idea es que como menos gente se quedó sin trabajo, los precios están más presionados en la economía y la Reserva Federal tiene entonces mayores motivos para seguir con su política de restricción monetaria. La tasa de los treasuries respondió entonces trepando a 5,208% (séptima suba consecutiva), el valor más alto desde el 17 de mayo de 2002, el dólar se afirmó en 116,13 yens y u$s 1,2578 por euro y los commodities (con la excepción del petróleo que subió a u$s 70,84 por barril) perdieron terreno. Con este trasfondo y sin ningún argumento con el cual justificar una suba, los principales indicadores del mercado bursátil se movieron todo el día del lado perdedor y, cuando sonaba la campana, el Promedio Industrial mostraba un retroceso de 0,54% a 11.019,11 puntos. Bonos en baja, acciones en baja, commodities en baja. Bonos en suba, acciones en suba, etc. Este parece ser el "mantra" del mercado desde hace ya dos años, un mantra alimentado, no por fundamentos económicos, sino por una impresionante liquidez mundial ("Echale la culpa a Greenspan") que parece estar llegando a su fin. El problema para los inversores es que tratando de evitar que esto se traslade a los precios (más inflación) se corre el riesgo no sólo de frenar la economía, sino que se romperían las actuales vinculaciones entre los distintos activos financieros.
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