¿HABRÁ RECESIÓN? (05/02/2001)
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Gordon Gekko: Las malas noticias, en rigor, son las buenas noticias para Wall Street. El impacto más negativo provino -por rara paradoja-de la mano de un robusto indicador de creación de empleos.
P.: La economía norteamericana produjo 268 mil nuevos puestos de trabajo en enero. Tres veces más que lo esperado.
P.: Una lógica sencilla sugeriría que las acciones deberían resultar beneficiadas de tomar conocimiento de ese comportamiento.
G.G.: Las acciones absorbieron en alza un índice horrible de confianza del consumidor, un informe del PBI mostrando menos crecimiento que el esperado, la confirmación de un cuadro de hundimiento de la industria de la mano del NAPM, un fuerte ascenso de las solicitudes de subsidios por desempleo. No hubo problema para atravesar ese frente de tormenta. Lo que a las cotizaciones las mató fue enterarse de que pese a los despidos masivos que se anuncian, haya tanta gente, por otras vías, ciertamente más silenciosas, que aún sea capaz de conseguir un trabajo.
Alejamiento
G.G.: Son números que nos alejan de una recesión pero, por la misma razón, nos pueden alejar de Greenspan. Y usted tiene que entender a Wall Street. El mercado vive una crisis de fe. La tierra prometida -o sea, el NASDAQ-no era tal. Nos han expulsado del paraíso. Estados Unidos no es inmune a los males que en el pasado azotaron al resto del mundo. En el infortunio y rodeado de amenazas (o «warnings» como se dice en la jerga), el inversor quiere estar cerca de la divinidad.
P.: Nos gobierna la religión. La fe en Greenspan y en sus pasos de magia.
G.G.: La devoción por los alcances de la política monetaria. Una fiebre similar atacó también en los años sesenta pero, sin duda, no de manera tan virulenta.
P.: Es mejor una mala noticia que garantice que la Fed bajará las tasas una vez más.
G.G.: Es mejor que una buena noticia que nos deje liberados a nuestros propios medios. Ese es el patrón que ha tomado el mercado desde comienzos de año.
P.: Usted piensa que la Fed puede interrumpir su tarea, pensar que los deberes están cumplidos, debido a un único número favorable.
G.G.: No. El mercado tampoco. Pero acusó el impacto porque se desvanecen las esperanzas de una baja de tasas entre reuniones.
P.: Antes del próximo cónclave el 20 de marzo.
G.G.: Correcto. Es la noción de urgencia lo que se desdibuja.
P.: Si fuera por eso, bastarán un par de ruedas como las del viernes -con la Bolsa en franco declive-para reinstalar la sensación de apremio.
G.G.: Como ve, es una lógica sencilla. Se aprende rápido. En un todo de acuerdo.
P.: Dejemos los mercados de lado. Si uno mira las estadísticas, nueve de cada diez indicadores sugieren que la economía se dirige inexorablemente a una recesión. De manera rápida y brusca.
G.G.: Los mercados -tómelos como el indicador número once-dicen que no. Hoy por hoy, su respuesta es no.
P.: Los mercados no son infalibles.
G.G.: Tampoco lo son la encuesta mensual del NAPM ni la prolija recolección de cifras que se utiliza para construir la medición del PBI. Los mercados son caprichosos, irreverentes, de psicología muy frágil, están lejos de ser infalibles. Pero no los deje de lado en sus conclusiones porque aun así tienen una capacidad admirable de mirar hacia adelante. Todos los malos indicadores que tiene usted entre manos fueron precedidos -no lo pase por alto-por la caída de los mercados. No son los primeros en traer las malas nuevas. Cuando el NASDAQ caía en picada, todos los indicadores entregaban aún lecturas benignas. Ahora que las cifras económicas erizan los nervios, los mercados, sin embargo, están comenzando a apostar en otra dirección. Yo les prestaría atención.
Trance difícil
G.G.: No es solamente la Bolsa. En diciembre teníamos un «credit crunch», una contracción crediticia severa y peligrosamente en ascenso. Turquía y la Argentina, contra las cuerdas. El NASDAQ, desplomándose. El mercado de bonos de alto riesgo clausurado para nuevas emisiones y síntomas de contaminación aun en el mercado de bonos de buena calidad. Todos esos indicios se han revertido en enero. De manera clara. Usted no puede decir hoy que existe un «credit crunch» sin provocar una sonrisa de reprobación. Hemos dejado atrás el enero más espectacular de la historia en términos de nuevas colocaciones de bonos corporativos en los Estados Unidos.
Cuando se cierren las cifras estaremos cerca de los 60 mil millones de dólares colocados en papeles de deuda de empresas. Usted ha visto la lluvia de emisiones de los emergentes; cómo la Argentina cambió el traje de desahuciado por el rol, mucho más holgado, de ser una buena oportunidad.
P.: Mi conclusión, entonces, es que lo único infalible es la Reserva Federal.
G.G.: Es obvio que no. La recesión del '90-'91 es la prueba que todo el mundo tiene en mente. Pero súmele esta burbuja accionaria a la lista de pecadillos. La Fed está tratando de domesticar este monstruo que contribuyó a alimentar.
P.: ¿Usted piensa que la economía norteamericana escapará de la recesión?
G.G.: Es muy difícil desinflar una burbuja y pretender que la economía saldrá indemne. El dinero que se perdió con la crisis de Asia, con la debacle que gatilló Rusia, es cambio chico al lado de la destrucción de riqueza asociada al derrumbe del NASDAQ. Mi impresión desde que este proceso comenzó, a mediados de 1999, cuando la Fed decidió ponerse enfrente de lo que era entonces un recalentamiento excesivo, es que estamos ante un maratón, no una carrera de 100 metros. El milagro americano se acabó. Seguramente terminaremos en una recesión. Pero me parece más probable que sea en 2002 que en 2001. Una vez que se agoten o mermen en sus efectos las bajas de tasas, las bajas de impuestos. Simplemente pienso que será después y no antes.



