La vida sería muy aburrida de no presentarnos todos los días sorpresas e ironías. Entre las segundas está el que cuando la ciudad de Nueva York tiene finalmente un alcalde "del palo financiero" (Michael Bloomberg hizo su fortuna y financió su campaña con los millones que ganó, primero como operador y luego como fundador de la empresa de información financiera que lleva su apellido), enfrenta el fin de su hegemonía como principal mercado (financiero) del mundo. Entre las primeras (sorpresas), tenemos la rueda de ayer.
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Si una hora antes de la apertura alguien nos preguntaba cómo "pintaba" el mercado, hubiéramos tenido que decirle "bastante bien": parte por lo que acontecía en el "premarket"; parte porque los números de las ventas minoristas de la mayoría de las grandes tiendas eran mejor que lo esperado; parte porque los datos sobre el ingreso y gasto personal eran suficientemente entreverados como para resultar neutros, y parte porque el precio del petróleo le daba otro puntapié al sector energético.
Que el Dow arrancara en positivo no fue entonces ninguna sorpresa, pero sí que una hora más tarde se desplomara 0,52%. Para justificar esto, el consenso de los analistas apuntó a los decepcionantes números del PMI de la zona de Chicago que marcaban una contracción económica durante el último mes. Lo curioso es que poco después de las dos y media de la tarde, las blue chips volvían a territorio ganador y aquí el argumento pasaba a ser la baja de la tasa de los treasuries (quedó en 4,466% anual) y el cierre del petróleo en u$s 63,13 por barril. Cuando una hora más tarde -nueva sorpresa-, el Dow trepaba 0,4%, ya eran mayoría los que se plegaban al argumento de que volvíamos a "surfear" la ola alcista de septiembre y octubre, y cuando en los últimos 30 minutos se desplomó -otra sorpresa- para cerrar en 12.221,93 puntos, marcando una pérdida de 0,04%, la excusa fue el "fin de mes". ¿Lo más sorprendente?: la inventiva de algunos.
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