Como el lunes, el arranque que tuvo ayer el mercado bursátil poco tuvo que ver con el cierre. Claro que a diferencia de ese entonces, esta vez a un inicio claramente bajista que llevó al Dow a perder 0,35% en los primeros minutos de operaciones se adosó un cierre de sentido contrario al quedar las blue chips en 12.471,32 puntos, tras ganar 0,24%.
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Motivos para justificar el malhumor inicial hubo muchos, desde el anuncio de que los precios mayoristas superaban con creces todas las predicciones (aun desafectando energía y alimentos, fue la mayor suba desde julio de 1980), pasando por la caída en los permisos de construcción, los desilusionantes números de Oracle y los problemas de Biogen, para terminar (o seguir un poco más) con los vaivenes monetarios de Tailandia (que pone controles al ingreso de dinero extranjero, que no lo pone, que lo pone...).
Pero en contra de lo que podría suponerse, la sorpresa no fueron las "malas noticias" en sí, sino lo poco que retrocedió el mercado bursátil ante ellas. Esto llevó a que muchos desestimaran de cuajo cualquiera de los elementos anteriores (aunque no del todo, lo que explica la baja del NASDAQ) achacando la baja a un simple reacomodamiento de los precios luego de las subas de la semana pasada (idéntico argumento al esgrimido el lunes).
A pesar del "susto inflacionario", la suba del petróleo (cerró en u$s 62,95 por barril impulsando a Exxon -la estrella de la jornada- cerca de 2%) sirvió para aminorar un poco las presiones bajistas (impulsando todo lo que tuviera que ver con la energía) y sumado al ánimo festivo que ha estado rodeando a las blue chips en este mes coadyudó para que el Promedio Industrial terminara la jornada marcando un nuevo máximo histórico.
Si algo quedó demostrado con la rueda de ayer es que hace falta una sorpresa verdaderamente grande e inesperada (el empinamiento inflacionario no alcanzó). Atención que esto que puede ser bueno es también peligroso.
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