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A pesar de ser un país «pequeño», que no se propone ser una «gran potencia» ni hace galas de su extensión territorial. Simplemente, por ser una nación respetuosa de su historia, orgullosa de su identidad. Como éramos los argentinos en otras épocas, como debiéramos ser hoy, como debiera ser una obligación de nuestros funcionarios comportarse cuando hablan en nombre de un país que les confía, nada menos, que el derecho de hablar en nombre de todos. Nuestro lugar es donde estamos. No podemos cambiarlo y estamos satisfechos de conformar una «civilización rioplatense» que, con sus más y sus menos, ha aportado su granito de arena a las artes, la literatura, el deporte, la música, y una forma de mirar el mundo con particularidades y originalidades.
Brasil es un gran país. Tiene también su cultura, sus artes, su literatura, su deporte, su música y su forma de mirar el mundo con particularidades y originalidades.
En determinados momentos de la historia, a ellos les ha ido mejor. En otras, nos ha tocado a nosotros. En esta dialéctica de «competencia-asociación» hemos contribuido a conformar una relación matizada por la acción de otros países amigos, tan dignos e importantes como los nuestros, con los que nos hemos acercado para ir conformando un espacio de comercio, de diálogo político, de acuerdos, y hasta de ilusión de conformar un bloque estratégico que potencie nuestras voces en el diálogo mundial. La base para esta construcción es el respeto a nuestras propias dignidades. Y éste se afirma en el orgullo nacional de cada uno de nuestros países, en el respeto a su historia, en el afecto al recuerdo de sus próceres, y en la creencia en los valores que unifican nuestra forma de ver y sentir el mundo. En términos psicoanalíticos, para ser respetados tenemos que tener y defender nuestra propia autoestima.
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