Guillermo González, el embajador argentino en los Estados Unidos, se enteró recién por la noche, ayer, de la visita repentina que José Luis Machinea realizará a Washington el lunes, para entrevistarse con el nuevo secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Paul O'Neill. En rigor, el ministro de Economía no hará más que colarse en la entrevista que mantendría Adalberto Rodríguez Giavarini con ese funcionario, en medio de la gira que tenía planeada para ese lunes por los principales despachos de la capital norteamericana. Eso sí, la conversación entre el ministro de Economía y el nuevo hombre clave del salvataje financiero otorgado a la Argentina tal vez termine por opacar el raid de citas que tendrá el canciller en Estados Unidos.
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La aparición de Machinea en la oficina de O'Neill tiene doble filo para Giavarini. Por un lado, Economía se propuso ingresar a la reunión a los pechazos, para preservar que el vínculo con la Secretaría del Tesoro siga pasando por el Palacio de Hacienda y no por cualquier otra cartera (en especial si esa otra cartera es ocupada por un economista, como sucede hoy con la Cancillería).
Por otro lado, que el ministro quisiera tener su butaca en ese encuentro tiene su costado auspicioso para el canciller: desde hace tres o cuatro días, el embajador González venía intentando sofocar a Daniel Marx, quien presionó incesantemente no sólo para participar en el encuentro con O'Neill, también para que lo tengan en cuenta en el resto de la tournée, inclusive en la reunión con Colin Powell, el nuevo secretario de Estado.
Machinea hará delante del secretario del Tesoro el mismo rap que realizó delante de los inversores extranjeros en Europa y Wall Street la semana pasada. Llegará entusiasmado por la baja de la tasa de interés en los Estados Unidos y pondrá al tanto a O'Neill sobre la política que se sigue después del blindaje. Eso sí, deberá ser cuidadoso cuando se refiera al aspecto fiscal de su gestión: su anfitrión está abrazado a la bandera de una baja de impuestos, que quiere producir antes del 4 de julio por medio de una ley.
Mientras tanto el embajador argentino, todavía no pudo conseguirle a Fernando de la Rúa una entrevista adelantada con George W. Bush y se negó a que ese objetivo fuera alcanzado, por vías informales, a través del radicalismo. Ayer se supo que tampoco alcanzó la meta secundaria que se había propuesto: que su jefe, Adalberto Rodríguez Giavarini, sea el primer canciller latinoamericano en tocar la mano de Colin Powell, el nuevo secretario de Estado. Era previsible que el servicial González perdería también esa presa. Powell se reunió el martes con Jorge Castañeda, el canciller de México, país de la región al que razonablemente apostará la administración Bush. No sólo por tratarse de un socio del NAFTA, también por la afinidad que se está creando entre el «cowboy» Bush y el «charro» Vicente Fox, hombres con estilos e ideologías destinados a congeniar. Con Castañeda se inauguró la agenda que seguramente deberá tratar Giavarini el 5 de febrero a las 10.30: plan Colombia, embargo a Cuba, aceleración de las negociaciones del ALCA con el resto del continente. Después de esa reunión, el único consuelo para la ansiosa diplomacia argentina fue que Rubens Barbosa, el representante de Brasil, también pidió un turno para su canciller, Celso Lafer, pero todavía no le fue concedido. Claro, Lafer asumió el lunes y corre con desventaja.
Disgusto
Pero haber perdido ese récord no es el único disgusto que atormenta al embajador González. Como se dijo, también debió lidiar con Marx, el secretario de Finanzas del Ministerio de Economía. Este funcionario, estaba previsto, acompañaría al canciller durante su gira (actualmente participa de un seminario en Cancún, organizado por un banco español, y desde allí se dirigirá a Washington). Cortés, o acaso sin saber cómo acotarlo, el diplomático lo incluyó en todas las reuniones, lo que desconcertó a Rodríguez Giavarini e irritó a Machinea.
Ahora en la embajada en Washington no saben cómo explicarle a Marx que no verá a Powell y tampoco a Condoleeza Rice: deberá a duras penas conseguir que lo incorporen a la reunión con O'Neill.
Un alivio para Machinea, quien está cada vez más receloso del protagonismo de su colaborador. En primer lugar, lo intriga que se prodigue en todas sus apariciones fotográficas con una sonrisa, como quien se candidatea a algún peldaño superior. Además, el ministro de Economía está inquieto por saber qué llevó a Marx a contratar una agencia de imagen («ZC&M») distinta de la propia (Mansilla, Delich y Asociados) para promover su gestión ante la prensa (a propósito de César Mansilla, debería evitar que su pupilo aparezca, como anoche, con saco claro delante de las cámaras, sobre todo porque Machinea padece problemas de credibilidad; hay buenos manuales al respecto). Lo único que faltaba es que, además, Giavarini llevara a Marx a lo de Powell para que las tribulaciones del ministro de Economía se convirtieran en pesadilla.
De la Rúa compitió en su momento con Carlos Menem por convertirse en el primer argentino fotografiado con George W. Bush. Todavía no le dieron turno y será Fox, obviamente, el primer presidente latinoamericano que se entreviste con el texano. Ahora la novedad es otra, no sólo hay competencias entre ministros para tocar primero la mano de los funcionarios estadounidenses: de esas justas participan ahora hasta los subsecretarios.