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10 de octubre 2007 - 00:00

Sin Viagra (para votar)

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Se trata de la más apagada elección desde que llegó la democracia en su nueva etapa. Y no hay viagra conocido que recupere el espíritu declinante, adormecido, al menos si se lo compara con el de otras contiendas apasionantes del pasado que movieron multitudes (Alfonsín versus Luder) o, por la crisis económica de entonces, que desató expectativas de variado tipo (Menem versus Angeloz). Hoy nada de eso ocurre, y lo del próximo 28 más bien parece una suerte de comicios suizos, desencantados, aunque no por la perfección de su sistema y sus garantías correspondientes. Por el contrario, no se funda en el sosiego interior y en la nula voluntad de cambio -existentes en esa tierra europea- el singular sometimiento de la población local a lo que dicta el Tarot establecido de la Argentina. Pero, aun así, el corcel no se despierta, no hay brío en sus miembros y se adapta pasivo, silencioso, quizás servilmente, a un sistema de poder subdesarrollado que ha impuesto en 4 años, e impondrá por otros cuatro, el presidente Kirchner y su esposa Cristina, bienes gananciales aparte. Todo un misterio, y no sólo de un único sector social, esa callada actitud. Contradictorio, además: dice que ella ganará y sin embargo repite que no conoce a nadie que a ella la vote.

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Lo cierto es que para opositores creyentes sin reservas, tipo Jorge Bergoglio o Elisa Carrió -también vale a la inversa, para agnósticos y ateos de la misma fracción-, el episodio electoral del 28 puede ser una señal de la existencia de Dios. Una confirmación o un descubrimiento, según los casos. Ya que sólo la aparición de un milagro podría impedir que la señora Cristina no triunfe en primera vuelta. Al menos, si uno se deja ganar -como ya se ha dejado ganar- por el influjo de encuestas de distinto pelaje, unánimes, sin un atisbo de duda siquiera sobre ese destino ineluctable.

Y merecen un reparo mínimo esos pronósticos, no porque no vayan a cumplirse, sino debido a que la profusión de sondeos ha bordeado lo delictivo -¿o habrá que aceptar que sólo se trata de impericia profesional?- en los últimos meses. O, la pregunta obvia, en un país sin exigencia por la auditoría electoral: cuando un encuestador de nota, al concluir los comicios, desde la boca de urna proclama que el ganador es «A» por diez puntos, ¿no está invitando a que los fiscales de «B» y «C» abandonen el conteo? Esto por no hablar de sus ínfulas previas, alentando la victoria de «A» con sus sobrados anticipos. Pero ocurrió que «A» finalmente no ganó, que los fiscales de «B» y «C» permanecieron en sus puestos, impidieron lo que hubiera sido un fraude «moralmente» obligado por el retiro de los oponentes.

Esto no ocurrió solamente en una provincia, sitios donde también se han reconocido fracasos de expertos vaticinadores bajo la excusa sin sanción del «Me equivoqué» (una irresponsabilidad casi rayana en el periodismo). Lugar común de conclusión: gente contratada, paga. O, tal vez, ya que cuesta imaginar una venalidad tan amplia, dificultad de los profesionales para apreciar la voluntad final de ese desganado elector que se niega a revelar su verdad individual. Sólo en esta sospecha cabe entender que, frente al aceptado embanderamiento colectivo de que Cristina gana en primera vuelta, desde el oficialismo (léanse tres figuras, nada más, ella, él y el jefe de Gabinete) se transpire tanto nerviosismo, tan exagerada prevención.

Inclusive, para fustigar a esos adversarios diminutos, hasta más allá de la agonía, cuando en la solvencia del triunfo sólo debería aparecer la piedad, cierta compasión. Son datos y saber que no es necesario haber leído a Freud para percibir las inseguridades en un discurso tan seguro (aunque, para ser justos, Néstor Kirchner podría incluirse en esa lista de puntuales casos tratados por el sabio de Viena). Es que le vive la madre, está feliz con su esposa, sus hijos son sanos, es millonario y, además, ganó la Presidencia que más deseaba sin esfuerzo, clonará otro mandato inclusive con su mujer, entonces: ¿por qué está siempre crispado, amenazante, como si el mundo no lo hubiera premiado?).

También son un caso sus rivales, dispersos pero valiosos en sí mismos. Tal vez se podría decir que en estos tiempos de democracia nunca hubo un contingente más sustentable en lo personal, con capacidades propias, que los anotados para el 28.

Incapaces, eso sí, de establecer acuerdos razonables para una candidatura común y, lo que es más grave, para enhebrar una sociedad protectora de sus propios votos. Porque el mayor problema de la oposición no es sólo lo que mide en el amperímetro, sino lo que finalmente recogerá en ese medidor. Tantos aspirantes desperdigados imposibilitan, traban por lo menos, la fiscalización certera de los votos. Demasiados cargos para tan poco personal, lo que en la provincia de Buenos Aires -por ejemplo, y como se sabe-es una tremenda desventaja, sea por lo que allí ocurre o ha ocurrido o por lo que se supone que ocurre. ¿O alguien ignora el sentido de «aparato» que se le otorgaba a la organización de Eduardo Duhalde? ¿O es una fabricación inventiva, graciosa, la condición atribuida al intendente y gremialista metalúrgico Hugo Curto de que, en lugar de contar los votos, él suele pesarlos?

Es cierto que al revés del distrito bonaerense, en casi todo el resto del país ya se votó y, por lo tanto, la voluntad del sufragio el 28 podrá ser más libre. Al menos, habrá menos gente para buscar ciudadanos, para controlarlos en su expresión dominical, y quizás para no distinguirlos con un inodoro o una heladera si cumplen. De ahí que, también, se supone que habrá mucha deserción popular en esa fecha -lo que mejorará, claro, el voto positivo a conseguir por la oficialista Cristina-, elemento pegado al exangüe entusiasmo de campaña, la falta de amor por los aspirantes y la ya determinada percepción de que todo parece inmodificable, casi perpetuo. A 18 días del acto, no aparece el estímulo para consumarlo.

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