Néstor Kirchner ayer decidió suspender por 6 meses las exportaciones de carne. En la práctica, es como si hubiera un brote de aftosa en todo el país por ese período y se cierran todos los mercados. Fue la reacción oficial a otra jornada con aumentos de hasta 10% en Liniers. Pero el efecto final puede nuevamente ser muy diferente del deseado. Es que la Argentina exporta sólo 25% de la producción total ganadera. En este sentido, el consumo interno es lo que más está impulsando los precios. De base, el problema es muy simple: el país cuenta desde hace 30 años con 65 millones de cabezas de ganado (hoy no hay dudas de que se prefiere producir soja, mucho más rentable). Y la demanda, ya sea de los propios argentinos o del exterior, no deja de aumentar. Complicará esta decisión a frigoríficos exportadores que se verán obligados -como sucedió con el foco de aftosa en Corrientes- a suspender personal. Y afectará contratos ya celebrados de empresas con más de 50 países. Podría haberse tomado una serie de medidas más razonables para enfrentar la situación. La primera y obvia: eliminar la disposición que subió el peso mínimo de faena de animales. Restó en un momento poco oportuno oferta en la plaza.
Néstor Kirchner encabezó ayer un acto político en Avellaneda, donde anticipó que el gobierno
anunciaría medidas para enfrentar el alza de los precios de la carne. Horas después
se conocería la suspensión de las exportaciones.
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Previamente, durante un acto en Avellaneda, Informate más
Miceli justificó la decisión al explicar que, a raíz de factores externos como la salida de Brasil del mercado por la aftosa y el efecto de la gripe aviaria en Europa, había aumentado fuerte la demanda de carnes rojas, lo que provocó un incremento de los precios internacionales.
Claro que también esgrimió que la demanda interna de carne había crecido por «la mejora del poder adquisitivo del salario y del empleo».
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