Delicadeza e inquietud había ayer en la Casa Rosada: se divulgó con exceso la sorda pelea que enfrentaba a Roberto Lavagna con Julio De Vido y, por supuesto, esa difusión no le agrada al Presidente (justo cuando él les había ordenado a otros dos ministros que bajaran su perfil de exposición). Pero más incómodo aparecía por otras razones: lo que trascendió de Lavagna era más contra el primer mandatario que contra De Vido (a quien, como se sabe, el economista ni considera), lo comprometía políticamente al jefe de Estado y, también, la reyerta se produce en un momento de sensible precaución, cuando se negocia con acreedores externos y empresas privatizadas. Parece que Néstor Kirchner debió controlar a un ofuscado De Vido («si quiere pelea, la va a tener») y, al mismo tiempo, también él mismo se debió contener. Desde la cátedra oficial se resolvió la cuestión como un «malentendido» entre las partes y Kirchner se va en silencio a Nueva York el fin de se-mana, mientras el titular de Economía se reserva un espacio de meditación en Cariló.
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Los pleitos entre Lavagna y De Vido -casi una lucha por el pan- comenzaron apenas los pingüinos se instalaron en el gobierno y el titular de Hacienda se sucedió a sí mismo: Informate más
Hubo más desavenencias que un historiador podría ordenar. Como el reclamo de Lavagna a diputados para que inquieran sobre los subsidios generosos a empresas del transporte. Obvio, los cede De Vido con el aval de Kirchner (no olvidar que Ricardo Jaime llegó a esa área casi en forma trasnochada y discutida con empresas del sector, verbigracia, preguntar por el camionero y empresario Hugo Moyano).
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