5 de marzo 2015 - 00:00

Adiós a solidaridad europea

Este cuadro elaborado por McKinsey sintetiza el mayor problema que enfrenta el mundo en la actualidad, en el cual aparecen 9 países que tienen un nivel de deuda sobre PBI superior al 300%. Pero lo más inquietante es que el 39% de los países del mundo tiene una relación de deuda/PBI de más del 100%. Basta con ver la situación de varios vecinos de la región como la de muchos socios de la eurozona para entender por qué los activos argentinos vivieron un verdadero rally en las últimas semanas.
Este cuadro elaborado por McKinsey sintetiza el mayor problema que enfrenta el mundo en la actualidad, en el cual aparecen 9 países que tienen un nivel de deuda sobre PBI superior al 300%. Pero lo más inquietante es que el 39% de los países del mundo tiene una relación de deuda/PBI de más del 100%. Basta con ver la situación de varios vecinos de la región como la de muchos socios de la eurozona para entender por qué los activos argentinos vivieron un verdadero rally en las últimas semanas.
La irrupción del partido Syriza en la escena griega y europea, formando un Gobierno votado para reaccionar contra las políticas de ajuste, puso dramáticamente en cuestión el fundamento europeo más preciado: el de la solidaridad.

Pero Grecia es apenas una manifestación de un problema más profundo: la conmoción de las bases de la estructura europea que provocó el terremoto financiero global de 2008, lo cual dejó en evidencia la insuficiencia del andamiaje institucional concebido en el Tratado de Maastricht.

Varios fantasmas amenazan hoy la cohesión europea y no sólo el temor a la ruptura. El alto desempleo, la pobreza y la exclusión social derivados del experimento neoliberal están haciendo estragos. Enfrentarlos con éxito es el gran desafío.

Hace seis décadas, Europa convirtió los restos humeantes de una guerra que costó millones de vidas en una asociación política, comercial y cultural sin antecedentes, presidida por la reivindicación de los derechos humanos.

Ese proceso sólo fue posible gracias a la idea elemental de solidaridad. En 1950, uno de los "padres fundadores" de la Europa común, el entonces ministro de RR.EE. de Francia, Robert Schuman, lo expresó así: "Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho".

Ese principio solidario avanzó con idas y vueltas hasta el Tratado de la UE (Maastricht, 1993). El Muro de Berlín había caído, la Alemania unificada dejaba ir al marco y todos dieron lo que parecía un último gran paso: crear una moneda común: el euro.

El ánimo solidario que persistía hizo posible incluso los "Fondos de Cohesión". La Periferia europea (Grecia, España y Portugal, con PBI per cápita inferior al 90% de la media comunitaria) obtuvo fondos extras para compensar el esfuerzo que deberían hacer hacia la Convergencia de Maastricht.

Con el nacimiento de la moneda única, pero sin una caja fiscal única ni un Gobierno político para todos, la lógica de la financiarización comenzó a apoderarse del experimento y el proyecto giró hacia la desregulación de los mercados financieros que, combinados con la unión monetaria, terminaron generando una serie de "booms" (inmobiliario en Irlanda y España, de consumo en Portugal, de gasto público en Grecia) mientras la ola de endeudamiento que los hacía posibles se apoderaba de esas realidades.

Con las nuevas reglas de juego, los países más aptos crecieron -y mucho- exportando. Los otros se endeudaron. Las asimetrías preexistentes se mantuvieron, y el estallido de la crisis de la deuda las agravó, con ganadores y perdedores: norte y sur, centro y periferia.

Por efecto de la financiarización, la UE quedó atrapada en la rigidez de su moneda única, agravada por la ausencia de un Banco Central Europeo "solidario", con capacidad de actuar como prestador de última instancia.

Así, no pudiendo devaluar sus monedas, los países periféricos de la zona euro rescataron a sus bancos convirtiendo la deuda privada en pública y, a falta de opciones, abrieron paso a las llamadas "devaluaciones internas" (rebaja de salarios y jubilaciones, flexibilización del mercado laboral) con el consecuente debilitamiento del Estado de Bienestar.

"Por el mal diseño de la Eurozona, si no hubiera colapsado Grecia, hubieran sido España o Irlanda", dijo Yanis Varoufakis, antes de convertirse en ministro de finanzas griego. "Fue un ejercicio de cinismo y antieuropeísmo absoluto, tomar las pérdidas de los bancos y hacerlas recaer sobre los ciudadanos europeos, salvar los bancos a expensas de los contribuyentes. Y el cinismo llegó al grado de hacer pasar eso como un acto de solidaridad".

En mi libro "Diálogos sobre Europa. Crisis del euro y recuperación del pensamiento crítico" (Capital Intelectual), que se publica en estos días, el líder de Syriza, Alex Tsipras, hoy primer ministro de Grecia, reflexionó: "La manera en que el establishment europeo ha gestionado la crisis no ataca sus causas. Como se sabe, tras largos años de dura austeridad, la deuda pública sigue fuera de control. Y ya no se trata sólo de determinados países, sino de toda la economía europea".

Más allá de cómo continúe la evolución de la crisis griega (y europea), lo cierto es que son cada día más la voces que postulan recuperar, seis décadas más tarde, aquella solidaridad de hecho que proclamaba Schuman.

Europa necesita liderazgo político con capacidad de conducir la refundación del sueño europeo poniendo la proa hacia un gobierno económico y político para toda la UE. De lo contrario, corre el riesgo de agotarse administrando con parches las asimetrías crecientes hasta la próxima crisis, que será peor. Las bicicletas se caen si se detienen. Y ni siquiera Europa puede pedalear hacia atrás.

(*) Embajador argentino en Portugal y Cabo Verde

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