13 de enero 2011 - 00:00

Amarga fama, como en el tango de Maizani

Stephen Dorff y Elle Fanning en «Somewhere», sensible y bien hecha aunque algo monocorde y alargada descripción de la vida de un famoso actor de Hollywood, llena de lujos y mujeres, pero vacía.
Stephen Dorff y Elle Fanning en «Somewhere», sensible y bien hecha aunque algo monocorde y alargada descripción de la vida de un famoso actor de Hollywood, llena de lujos y mujeres, pero vacía.
«Somewhere, en un rincón del corazón» (Somewhere, EE.UU., 2010, habl. en inglés e italiano). Guión y dir.: S. Coppola. Int.: S. Dorff, E. Fanning, C. Pontius, M. Monahan, Hnas. Shannon, N. DAngieri.

Quizá no era para ganarse el León de Oro de Venecia, para colmo por unanimidad, según se apresuró a declarar su amigo y presidente del jurado Quentin Tarantino. Digamos la verdad, esta película es medio monocorde, se repite, le sobran minutos, y puede perder algunos puntos comparada con otra de la misma directora, «Perdidos en Tokio». Aun así, es atendiblemente buena, y con el tiempo tal vez tenga una mayor valoración. Si el espectador está bien dispuesto, la verá con gusto, ya que luce lindos personajes, buen ojo para los detalles, buen gusto, sensibilidad, y actuaciones elogiables. Si no está bien dispuesto, mejor que se limite a ver el trailer por Internet, que es cortito, sin las partes aburridas y con una suave canción a cargo del marido de la directora.

Ella es Sofia Coppola, que ya cuando niña escribió para su padre un corto con algunos puntos similares a este film, «La vida sin Zoe». Ahora es madre, y su perspectiva se va enriqueciendo. «Somewhere» tiene su riqueza, lástima las partes aburridas, hechas para transmitirnos el aburrimiento de un tipo que ya no se entusiasma ni con dos mellizas que le vienen a bailar el caño a domicilio. Y el asunto es ése, la descripción de la vida de un actor de Hollywood, llena de fama, lujo, placeres y mujeres, pero vacía, hasta que la breve presencia de una hija le da otro sentido. Ahí también toma sentido una larguísima escena inicial, donde el hombre da vueltas inútiles en su autazo, escena inútil hasta que se la junta con otra donde ve a su hija dando vueltas en sus patines, y en una de ésas entiende que el inútil había sido él mismo.

Adornando el relato, aparecen fugazmente Michelle Monaghan (en una sesión de fotos), Benicio del Toro, las hermanitas Shannon, el fisicoculturista Alejandro Nevsky (como el príncipe, pero en este caso haciendo de periodista ruso), la modelo Maryna Linchuk, protagonista de una gozosa publicidad de perfume que dirigió doña Coppola en Paris, el venerable comediógrafo Maurizio Nichetti (en una escena de entrega de premios que parece versión light del «Toby Dammit» felliniano), y, a la cabeza del reparto, Stephen Dorff, un laburante que viene haciendo bolos desde «Blanco y negro» y aquí al fin se luce, y Elle Fanning, prometedora hermanita de Dakota Fanning. Otro protagonista es el hotel de Los Angeles donde se desarrolla buena parte de la historia. Y a propósito, cabe acá citar a los dos ángeles del tango, DAgostino y Vargas. Es que el carácter del personaje principal, ya lo describieron ellos hermosamente, a través del tango «Pero yo sé», de Azucena Maizani, 1928, ese que dice «de regios programas tenés a montones», «llevaste tu vida tan sólo al placer», «pensar que ese brillo que fácil ostentas, no sabe la gente que es puro disfraz», y el estribillo no lo vamos a contar, pero le calza perfecto, y es sólo para voces perfectas: las de Maizani, Angel Vargas, y ahora Soledad Villamil, que hace una interpretación memorable en menos de cuatro minutos.

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