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Amor en tránsito a un ritmo demasiado lento
Sabrina Garciarena lidera el agradable elenco de «Amor en tránsito», un film con una idea interesante, contada en tono leve y con un ritmo tan calmo que le hace perder todo posible encanto.
He aquí un relato de amores circunstanciales, donde gente que viaja a reunirse con la persona amada se distrae en el camino con otra gente que procura (y logra) seducirla. Es algo que suele ocurrir. Una chica hace los preparativos de mudanza, tiene programado reencontrarse con el novio que emigró a España, pero entretanto se deja conversar por un admirador, le da letra, y le histeriquea un poquito pero no mucho, sólo para que el otro haga el esfuerzo y no la tenga tan fácil. Mientras, un tipo todavía joven vuelve de España en busca de su novia, pero ella justo se ha ido para allá, a darle una sorpresa. Cuando él, después de rastrearla por algunos lugares, se entera de este enredo, ya está enredado en otro con la dependienta de un bar.
La chica es rápida, y parece que quiere dejar rápidamente atrás un viejo amor que se le fue. Ella misma se define como «medio rápida, medio guacha», etcétera. Y al fulano lo detecta como «demasiado lento». Digamos que lo pasa por encima, se le instala cuando quiere y hasta se las ingenia para expulsar de la mesa al amigo de toda la vida del fulano (escena indicada para ejemplo de señoritas y jóvenes esposas enfrentadas a ese tipo de competencias). En cuanto al seductor del otro cuento, no tiene un viejo amor, sino pérdidas presentes, amigos que emigran y lo van dejando solo. Acaso para él retener a esa chica sea como retener algo de lo que se le está yendo. Visto así, un asunto interesante y, si se quiere, bastante porteño.
Todo está contando en tono leve, en ambientes bonitos, en forma equilibrada, con buena música y elenco agradable, donde interesan particularmente Sabrina Garciarena (la que se deja avanzar) y Verónica Pelaccini (la que avanza sobre el desprevenido). Realizador, el debutante Lucas Blanco, quien ya se había ejercitado sobre cuestiones amorosas en cortos como «La belleza de Helena» o «¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?». Un defecto: el ritmo de la obra es lento, demasiado calmo, y eso permite que el espectador tenga tiempo de descubrir otros defectos subsidiarios. Ninguno de mayor importancia, pero el posible encanto de la obra ya se pierde.
Viene a cuento una anécdota. Carlos Schlieper, nuestro rey de la comedia elegante, estaba muy grave. Como tenía una obra casi lista para rodaje, y era una pena perderla, se la derivó a Kurt Land, y le entregó un guión bien grueso, de abundantes diálogos. «Esto es enorme, va la salir una película de más de hora y media», dijo Land. «Si la hacés bien, te va a quedar corta», fue la respuesta. Simplemente, era una cuestión de ritmo. Y en efecto, quedó tan corta (y tan buena) que debieron agregarle dos canciones.
P.S.


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