4 de enero 2016 - 00:00

Ancestral disputa por la hegemonía en Medio Oriente

Beirut - Siria, Irak, Yemen: tres países que son escenario de conflictos en el Medio Oriente en los que Irán, el bastión del islam chiita, se contrapone a Arabia Saudita, baluarte en cambio del islam sunita.

Más allá de la actualidad, las tensiones religiosas que emergieron entre Teherán y Riad tras el ajusticiamiento en Arabia Saudita del clérigo chiita Nimr Baqir al Nim son en realidad el telón de fondo de una antigua guerra entre árabes y persas, lucha cuyo objetivo es por otra parte la supremacía en la región.

Las divisiones religiosas forman parte de una hostilidad cuyas raíces se remontan a tiempos muy lejanos.

La ambivalencia es el sentimiento dominante para cada iraní, incluso para el más convencido de los musulmanes, frente a las circunstancias que llevaron a la difusión de esa religión en Persia.

La fe se contrapone en otras palabras al resentimiento hacia los árabes que en el VII después de Cristo invadieron el país y lograron difundir la nueva fe con las armas.

Esa fe traída por los invasores y el orgullo nacional inspirado en los antiguos tiempos imperiales generaron una síntesis ideal que sentó las bases a su vez del chiísmo, la corriente minoritaria del islam que se convirtió en religión oficial de Irán a partir del siglo XVI a través del imperio de los safávidos, en contraposición al sunismo de los países árabes y de los otomanos turcos.

Arabia Saudita y Turquía son hoy día enemigos de Irán en Siria, donde Teherán sostiene a las fuerzas del régimen con un nutrido grupo de consejeros militares de los influyentes Guardianes de la Revolución.

Irán gasta, por otra parte, miles de millones de dólares por año para sostener al Gobierno del presidente Bashar al Asad. Riad y Ankara apoyan a su vez a los grupos rebeldes fundamentalistas.

Tras la entronización del rey Salman, quien en enero pasado sustituyó al rey Abdula, Riad ha impulsado una política más agresiva. De hecho, a partir de marzo lanzó una campaña militar en Yemen contra los rebeldes chiitas houtíes, aliados a su vez a los iraníes.

Esta nueva política saudita parece ser por otra parte una respuesta frente a las orientaciones de la Casa Blanca, que tras haber firmado en julio pasado el histórico acuerdo con Teherán sobre el plan nuclear de la República Islámica, está ahora intentando acercarse a Teherán contra el yihadismo sunita, sobre todo el del Estado Islámico.

Un capítulo clave dentro de este contexto está representado por otra parte por el ataque que, de la mano de Sadam Husein, Irak lanzó en 1980 contra el Irán del ayatolá Jomeini, en la que para muchos analistas fue una suerte de segunda invasión árabe tras la del siglo VII.

Los ajustes de cuenta entre los diferentes países generados por ese ataque permitió a Irán reforzar sus posiciones en el tablero de la región.

A partir de 2003, gracias al ataque anglo-estadounidense que derrocó al régimen de Sadam, Irán fue ganando terreno e influencias en el país vecino, gracias a la cercanía con los nuevos gobiernos chiitas en Bagdad y al nacimiento de las fuerzas paramilitares coordinadas por Teherán.

De esta manera, Teherán logró gracias a George W. Bush alcanzar un sueño secular: establecer una continuidad geográfica entre las fuerzas chiitas aliadas desde su territorio nacional hasta el Líbano, a través de Irak y Siria.

Un escenario que inquieta al frente liderado por los sauditas y en el que surgieron los conflictos que están sacudiendo en profundidad a toda la región.

Agencia ANSA

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