Irina le está leyendo un poema suyo por primera vez a su madre, que está de viaje con su nuevo novio, cuando el auto sufre un accidente, y su madre muere. Irina tenía doce años para trece cuando comenzó a escribir lo que leemos. Su madre la había dejado en la casa de una compañera de la escuela. Ahora tiene que ir al encuentro de ese padre apenas conocido, que hace demasiados años que no ve y que vive en lugar apartado. Así llega a Huel, un pueblo diminuto, "la nada misma". Su padre vive en la casa de otra exmujer, con Alicio, un hijo de ella, de quince años que no pudo pasar de primer grado. "Mientras estuvo casado con mi mamá y vivía en la ciudad, era escribano. Tenía una oficina en el centro. Ahora era un salvaje que cuidaba las formas: desayunaba huevos crudos, rompiéndolos directamente con la boca, vestido de saco y corbata".
Irina se siente trasladada a un lugar donde se vuelve habitual lo inesperado, donde ella se desliza con absoluta tranquilidad, con asombro más que apatía. Más adelante recapitulará: "Yo había pasado de un departamento en la ciudad a una casa en el campo y de la casa en el campo a una cabaña en el monte, por no hablar del pasaje de mi mamá a mi papá y de la inocencia al crimen. ¿Qué hay después del futuro? Antes tenía uno; ahora estaba en él, y estudiar, trabajar, casarme, asociarme a un club, cualquiera de todas las aspiraciones verticales habidas y por haber resbalaban en mí como en un palo enjabonado; sí, la vida era una caída horizontal".
Entre esos dos momentos de caída horizontal es mucho lo que pasa. Tiene que construir y reconstruir con su padre y Alicio una cabaña que hay quienes la destruyen una y otra vez. Se tienen que mudar ahí porque la exmujer, la madre de Alicio, reclama la casa en que viven. Su padre muere y revive una y otra vez. Irina se hace amiga de Johnny un ciego que vuelve a ver, que le lee poemas de un libro en Braile porque ella quiere ser poeta. Johnny es visitado por una mujer policía que lo esposa y lo viola. Aquí los crímenes surgen a partir de un hecho eventual. Irina es espectadora de un mundo que tiene de sueño, de pesadilla, en el que mucha veces se le impone intervenir.
"Mi vida en Huel" es una caja de sorpresas a cada paso. Está marcada por lo inesperado. El lector queda atrapado por un realismo cotidiano de mate y charla donde de pronto irrumpe lo extraño, como le gustaba a Cortázar. "Mi vida en Huel" mezcla atmósferas y géneros, pasa del realismo convencional a lo fantástico, del policial al relato maravilloso, cosas que coinciden con esa Irina que transita hacia la madurez sin dejar de ser atravesada por su natural inocencia. Está en esa etapa crucial marcada por la menarca, ese paso que las abuelas llamaba "volverse señorita" en el que la realidad se inunda de metáforas. Es una interpretación de las muchas de este pequeño libro que no se puede parar de leer.
La novela de Bizzio, con ese estilo cinematográfico que ha hecho propio, recuerda ese juego de repeticiones, de personajes simbólicos, que inauguró Jan Potocki, los callados instantes de maduración sexual de "Jane Eyre". La razonadora Irina tiene la sagacidad y el amor por los libros de la "Matilda" de Roald Dahl, pero por sobre todo es una maravillosa melliza de la Briony de la estupenda "Expiación" de Ian McEwan. Novelista, guionista, dramaturgo, cineasta, poeta, músico, entre otras cosas, Bizzio es un jugador de las artes, y este libro es uno de los tantos casos en que gana la partida conquistando al lector.
| Máximo Soto |



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