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Atrapante Nothomb “burlada”

Desde sus primeras novelas, y lleva ya 18, la escritora belga nacida en Japón Amélie Nothomb no ha parado de recibir cartas de sus lectores. En todos los casos hace una rápida selección, deja de lado algunas y contesta otras. El 18 de diciembre de 2008 le llega de Bagdad la carta de un soldado de segunda clase del ejército de los Estados Unidos que está combatiendo en «ésta guerra de mierda» de Irak y necesita «un poco de comprensión». La frase le sorprende a la escritora, y en vez de contestarle, le manda sus novelas autografiadas. La respuesta de soldado Melvin Mapple es que ya las había leído a todas y por eso se atrevió a escribirle.
Así comienza un diálogo epistolar entre la escritora europea y el soldado estadounidense, que de pronto comienza a contarle que sufre «un mal cada vez más corriente entre nuestras tropas, la obesidad». Cuando regresan de cometer «crímenes justificados por las armas de destrucción masiva que no existen», buena parte de los soldados devoran todo lo que les espera, que es un menú extraordinario. El cuerpo de Melvin, que entró en el ejército con 50 kilos, crece en grasa, al punto de que los 100 kilos que lleva aumentados lo hacen imaginar que tiene incorporada en su cuerpo otra persona, una mujer, una Scherezade adosada a su pecho. Amélie se siente conmovida por la tragedia de Melvin y, buscando una forma de que sublime sus padecimientos, con un dejo de cinismo, le cuenta del «Body art», y le dice que el podría convertir su cuerpo, que según sostiene es «una forma de rebeldía y denuncia frente a los atrocidades del ejército estadounidense», en una obra de arte, fotografiando y anotando todo lo que se engulle.
Hasta ahí el lector se ve succionado por un cruce de cartas que no puede parar de leer. Si bien las páginas tienen todos los condimentos que han dado fama a Nothomb -concentración en la relación entre dos personajes, el tema del cuerpo como algo esencial que nos puede convertir en monstruos, implicancias autobiográficas artificiales, codazos cómplices que muestran metáforas críticas, por ejemplo mostrar a los estadounidenses como voraces bulímicos devoradores del mundo-, el lector cree que todo es cierto, que la escritora se ha servido de un material real, de las cartas de un soldado. Pero algunas señales, algunas frases, algunas citas, comienzan a hacer teclear la verosimilitud.
En ese preciso momento, la novela cambia, la historia muta. Amélie Nothomb ha sido burlada. Cuando se repone escribe: «todo escritor lleva a un estafador en su interior; así pues, me quito el sombrero en calidad de colega». Pero no todo quedará allí. El cuerpo obeso, el cuerpo culpable seguirá estando en una cárcel que impone la soledad. Y una nueva transmutación dará lugar al momento en que la escritora llevada por un impulso va al encuentro irresponsable con el autor del engaño. Cuando está llegando al aeropuerto de Washington se plantea si no es mejor que enfrentar al mitómano estadounidense entregarse para ser encerrada en Guantánamo por terrorista. Esta vez, el engañado es el lector por esa real y sonriente Scherezade que es la notable narradora belga, que logra, con su lenguaje claro, su humor, sus pedanterías y su cinismo, atrapar una vez más y de la mejor manera al lector.
M.S.


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