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Auster confesional y profundo

Para que el impacto de las primeras frases que abren este libro sea mayor; para entregarse a la existencialidad en carne viva que propone el autor de principio a fin, habría que pasar las palabras del tuteo español al voceo argentino, entonces se oiría a Auster comenzar esta balada de invierno diciendo: «Pensás que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a vos, que sos la única persona en el mundo a quien jamás le ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, te empiezan a pasar todas, igual que le suceden a cualquier otro».
Y lo que le pasa, los que le pasan y le pesan son los años. Algo que a Auster como a todos (pero, él supo detenerse a expresarlo) le ha sucedido en diversos momentos. Por ejemplo en los años 80 cuando, aún treintañero, en «La invención de la soledad» se puso a contar la relación con su padre y de él como padre. O cuando y con 50 años en «A salto de mata» recuerda sus fracasados intentos juveniles de convertirse en escritor. Pero no sólo en libros claramente autobiográficos, sino toda su obra está entramada de ficción y biografía, desde «Ciudad de cristal», su primera novela publicada, donde el detective se llama Paul Auster.
Pero ahora, a los 65 años, ha intentado ir más lejos, instalándose de modo diferente junto a escritores que vienen tratando sobre los años finales de la vida, confesando su pasado como Gunther Grass en «Pelando la Cebolla», enfrentando pérdidas a través de personajes que las viven, como J.M. Coetzee en «Desgracia» u «Hombre lento», soportando la brevedad de la existencia, como Kenzaburo Oé en «Un amor especial», viéndolo desde la muerte de un amigo, como Philip Roth en «Elegía», donde recuerda que Edna OBrian dijo que «el cuerpo contiene la biografía tanto como el cerebro», frase que es una de las plataformas desde donde Auster en este libro ve su vida. Va observando las cicatrices que pueblan su cuerpo: caídas, accidentes, azares, atropellos, o marcas de su historia como tantas otras, como cuando hace un listado de los 21 lugares donde ha vivido, o recuerda el accidente donde casi mueren su mujer y su hija, o en medio de la muerte de su madre revive aquel día que a los 14 años un amigo cayó muerto a su lado partido por un rayo y él se quedó tratando de hacerlo revivir y sollozando.
Auster dice que buscó hacer una «fenomenología de la respiración», pero lo que logró encontrar es un ritmo sincopado, una música que a veces es balada, y otras, sonata para piano.
La estrategia de Auster para hablar de sí mismo es establecer el relato desde la segunda persona, desde un narrador omnisciente que lo conoce a fondo, un ser que a veces recuerda al ángel de «Las alas del deseo» y otras a un hermano excesivamente gemelo que no le permite caer en el narcisismo. Esa forma del relato provoca la identificación del lector que percibe que muchos de los sucesos que cuenta, él también los vivió a su manera. Y muchos de los sucesivos fragmentos de vida narrados -el libro tiene mucho de puzzle- se vuelven crónicas, relatos, borradores de cuentos. Cuando el joven Auster, que vive en un cuarto de servicio en París, encuentra a una puta que decide pasar la noche explicándole el kamasutra y recitándole poemas de Baudelaire, se comienza a pensar que el autor de «La música del azar» es un rezagado escritor de la «Generación perdida», esa que hizo la bohemia de «Medianoche en París», y va de Hemingway y Fitzgerald a Henry Miller. Es quien se hizo escritor porque «llevas una herida en su interior ¿por qué, si no, te pasaste toda tu vida adulta vertiendo palabras como sangre en una hoja de papel?». ¿Sentimental? Sí, al punto de confesar su amor a «la única» Siri Hustvedt, capaz de sostener que lo mejor, como dijo Joseph Joubert, es «morir inspirando amor (si se puede)» y, sobre todo «si se puede». Lo emotivo se desliza en poesía ennumerativa, para terminar interpelando al lector: «¿Cuántos pasos dados? ¿cuántos estornudos, risas, bostezos, eructos, toses, frotarte los ojos, rascarte la nariz? ¿Cuántos besos dados y recibidos? Se ha cerrado una puerta. Otra se ha abierto. has entrado en el invierno de tu vida».
No es el mejor libro de Auster, pero sin duda es el más profundo y fraternalmente entrañable.
M.S.


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