12 de marzo 2009 - 00:00

Bajo los cielos de otro París

El profesor de historia que compone Fabrice Luchini es uno de los más logrados del film de Cédric Klapisch.
El profesor de historia que compone Fabrice Luchini es uno de los más logrados del film de Cédric Klapisch.
«París» (id., Francia, 2008; habl. en francés). Dir.: C. Klapish. Int.: R. Duris, F. Luchini, J. Binoche, M. Laurent y otros.
El París de Cédric Klapisch carece de fantasmas. La ciudad, espléndidamente mostrada a través de las pequeñas historias de un grupo de personajes disímiles que, según las reglas del film coral, entrecruzan sus peripecias, renuncia en su mirada a los conceptos que la cultura occidental tiene de ella tanto en la historia grande como en la glamorosa: la mirada de este París sólo se ciñe a la que tienen sus personajes de acuerdo con el lugar donde se ubiquen, y permanece ajena a cualquier tradición que no sea la de sus circunstancias personales.
Así, aunque la ciudad tenga una participación protagónica a través de los planos detallistas de sus diferentes barrios, esa pintura está tamizada y resignificada a partir de las vivencias de aquellos: la rotonda de la Bastille, por ejemplo, se transforma en el territorio melancólico donde rueda el límite entre la vida y la muerte, y Pigalle carece por completo del eco pecaminoso de sus lámparas rojas y sus antros nocturnos.
Para el bailarín del Moulin Rogue Pierre (Romain Duris), Paris, una de cuyas calles contempla desde su ventana desde que queda recluido, es la imagen de lo que puede dejar de ser: de forma inesperada, un médico le detecta una falla cardíaca grave que requiere un trasplante; lo que ve, entonces también adquiere una significación distinta.
Su hermana Elise (Juliette Binoche), para quien París no fue otra cosa que el perpetuo escenario de sus frustraciones amorosas, se acomoda de inmediato, a través de la reacción que experimenta al conocer aquella noticia y la forma en que modifica su vínculo con Pierre, a este nuevo estado.
París es seria, hilarante y trágica en la mirada del mejor personaje de la película, el profesor de historia Roland (Fabrice Luchini), a través de quien se funden pasado y presente sobre la base de la hipocresía y la inmadurez que representan cada una de sus cesiones: primero, pese a su prestigio y trayectoria, acepta conducir un programa de TV de chismes históricos, en el que tiene que soportar varios fantoches vestidos de época a su alrededor; claro, la paga es tan alta que su precio y dignidad fueron sobrepasadas. Simultáneamente, su recaída en el amor por una alumna joven refuerza, por la forma en que se da ese encuentro (mensajitos de textos furtivos, etc.) una ridiculez que hubiera cantado Molière.
Hay más, desde luego, como la historia de la panadera racista (la típica «boulangere» prejuiciosa), que termina contratando a una bellísima norafricana como asistente (Sabrina Ouazani); no es la única inmigrante, ya que por allí también padece un indocumentado de Camerún (la del inmigrante es otra de las «miradas» distintas que acentúa Klapisch).
El film es placentero, atractivo, despreocupado de filiaciones vanguardistas, y aunque la duración (130 minutos) a la que fuerza un mosaico de estas dimensiones podría llegar a ser, para algunos espectadores con prisa, demasiado extensa, a veces hasta se desea que algunos de sus capítulos hubiesen tenido un desarrollo más rico.
M.Z.

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