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Bauer sorprende con un “Che” inhabitual
«Che, un hombre nuevo» sobrevuela hábilmente varios episodios ya demasiado conocidos de la vida de Ernesto Guevara y pone el acento en otros menos transitados y hasta desconocidos.
Tristán Bauer, que en viejos tiempos supo hacer hermosas biografías de Juanele Ortiz, san Juan de la Cruz, y Julio Cortázar, hizo ahora una de las mejores películas sobre Ernesto Guevara. Bastante completo, apretado y dinámico, tanto que parece durar menos de los 124 minutos que dura, este documental sobrevuela hábilmente varios episodios ya demasiado conocidos, pone el acento en otros menos transitados, y sorprende con registros inhabituales o francamente desconocidos hasta ahora. Son doce años de búsqueda, que acá muestran sus frutos.
Cabe citar, por ejemplo, imágenes de infancia, las portadas de la revista deportiva «Tackle» (1951) y de un diario de combate impreso en mimeógrafo, unas tomas de la batalla de Santa Clara más impactantes que las del film de Steven Soderbergh, graciosas andanzas por la China, la oficina y la casa del Che, unas fotos afeitado en el Congo, sus escritos de niño en un cuaderno Magisterio, y de grande en una libreta de viaje, diciéndose lo que no podía confiarle a nadie: la necesidad física de recostarse otra vez en el regazo de su madre. Sus transcripciones de los versos de Rubén Darío, y su voz, recitando a Vallejos y Neruda con una solemnidad monocorde, en el estilo nerudiano de moda en esa época. Y la foto que de joven se hizo tomar frente al colegio militar de donde años después saldría el oficial que iba a matarlo.
Discutible, el uso de recreaciones, aunque estén bien hechas (el raid juvenil en bicicleta con motor, el viaje del «Gramma», etc.). Destacable, la banda sonora con exacta ubicación de música, canciones, y, sobre todo, palabras del propio Ernesto Guevara, surgidas de archivo o leídas por su sobrino Rafael. Muy interesantes, los comentarios sobre dos libros inconclusos, uno antes de hacerse comunista, sobre el deber médico, y otro de 1965, sobre los errores de la economía leninista. Más interesante, la mención de algunos aspectos débiles y también actitudes cuestionables del héroe, algo que se hace por primera vez en una biografía del Che, aunque sea con harta discreción como en este caso. Por ejemplo, su responsabilidad en cerca de 180 fusilamientos ordenados tras juicios sumarísimos, o el envío de guerrilleros cubanos a la Argentina democrática del doctor Illia, un episodio nefasto en todo sentido, especialmente para los perejiles que soñaban seguir su ejemplo. Y curiosas, las dos fotos familiares donde parece haber una botellita de gaseosa bastante conocida.
Bauer aparece apenas contando algunos pormenores de su feliz acceso a cierto material custodiado en Bolivia. Se anotan asimismo fragmentos bien elegidos de varias obras de Santiago Alvarez (las de Vietnam), Gutiérrez Alea (dos ficciones), Rebeca Chávez, Manuel Pérez, Miguel Torres, Pedro Chaskel, Oscar Kantor y otros cineastas de los 60, amén del plástico Oscar Giudici («Causachum Cuzco») con quien Bauer, a comienzos de los 80, formó el Grupo Cine Testimonio. Música de Federico Jusid, Jean-Jacques Lemetre, y temas populares de Carlos Puebla, Daniel Viglietti y Alfredo Zitarrosa.


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