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Berlín premió la sabiduría de dos glorias del cine
Paolo y Vittorio Taviani, directores de «Padre padrone», se llevan otro galardón en su carrera, esta vez por el film carcelario «César debe morir».
Nacidos en 1929 y 1931, estos cineastas identificados con el proyecto neorrealista se inspiraron en un programa de rehabilitación de presos a través del teatro en una cárcel de Roma para crear una obra original, a caballo entre el documental y la ficción. Simultáneamente realista y estilizada, la película desborda humanidad, the milk of human kindness de la que habla Shakespeare en «Macbeth». El arte es vida, descubren los presos al trabajar durante seis meses en una adaptación de «Julio César», y su cotidianidad infeliz se transforma radicalmente cuando se reconocen en los dilemas morales planteados por la obra. Los Taviani registraron ese misterioso proceso de humanización por el arte en personajes de carne y hueso.
El Gran Premio del Jurado -un Oso de Plata siempre revelador de predilecciones que no lograron quórum- recayó en el inquietante film húngaro «Just the Wind», de Bence Fliegauf, que cuenta las últimas veinticuatro horas en la vida de una familia gitana. Con rigor narrativo y una estética minimalista, la película es la crónica de una muerte anunciada, circunscripta a lo que ven y oyen una madre y sus dos hijos adolescentes. El suspenso está brutalmente creado con el diseño expresionista de la banda sonora y el movimiento de la cámara, en mano y siempre delante o detras de los personajes. La problemática de los Roma, como ahora se prefiere llamar a las comunidades gitanas, está en pleno auge en Bulgaria, Rumania y Hungría, y en ese sentido el largometraje es politico en sentido amplio.
El Oso de Plata al mejor director se quedó en casa al premiarse a Christian Petzold por «Barbara», una radiografía sobre complicadas relaciones interpersonales en la Republica Democrática Alemana unos años antes de su colapso, que combina las convenciones del thriller con ingredientes románticos y una sorpresiva vuelta de tuerca. Rachel Mwanza, una adolescente congolesa, protagonista del drama canadiense «The War Witch», de Kim Nguyen, recibió el premio a la mejor actriz. Tributo al director, en realidad, que seleccionó a esta muchacha casi analfabeta para encarnar a una chica obligada a ser soldado en un pais africano que no se nombra, enmarañado en una guerra civil. El neorrealismo paga dividendos en esta edición del festival.
Como contrapartida, el Oso de Plata al mejor actor recayó en el dinamarqués Mikkel Boe Folgaard por su retrato de un rey esquizofrénico del siglo XVIII en el drama «A Royal Affair». Que los asuntos de estados estuvieran en manos de estos desequilibrados debe haber impresionado al jurado, ya que también distinguió a «A Royal Affair» con el premio al mejor guión, queriendo quizás resaltar lo que ocurre cuando el oscurantismo religioso se resiste a la modernidad, temática que entre líneas examina la película.
El drama patriótico chino «White Deer Plain» fue distinguido por su calidad fotográfica con el tradicional Oso de Plata a la contribución artística. Típico proyecto favorecido por el gobierno de la República Popular China, la película celebra la vitalidad y paciencia del pueblo chino simbolizado en el paisaje, romantizado precisamente por la fotografía.
Finalmente, el premio Alfred Bauer, en honor al fundador del festival en 1951, recayó en «Tabú», el deliberadamente absurdo largometraje luso-brasileño que pulveriza la estructura y contenido del drama romántico, satirizando de paso el colonialism portugués en Africa, encarnado en cocodrilos antropófagos.
na totalmente brasileña, «Xingú», de Cao Hamburger, sobre los hermanos Villas-Boas, que en 1943 fueron los primeros blancos en llegar a territorio Xingú y desde entonces ayudan a estos indios, logró el tercer premio del público de la sección Panorama. Y un deprimente drama uruguayo, «La demora», de Rodrigo Plá, sobre una mujer agobiada entre la crianza de tres hijos y el cuidado de su padre con demencia senil, recibió el premio del Jurado Ecuménico de la sección Forum, y también el premio de los lectores del diario «Der Tagesspiegel».
Por último, uno que pasó casi inadvertido: el Berlinale Camera por contribución técnica para el anciano Ray Dolby, que en 1975 creó su sistema de sonido envolvente, hizo más tarde su versión digital, y el año pasado, tras medio siglo de trabajo, entregó la empresa a su hijo.


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