20 de octubre 2010 - 00:00

Brillante autodiagnóstico de Hustvedt

Brillante autodiagnóstico de Hustvedt
Siri Hustvedt «La mujer temblorosa o la historia de mis nervios» (Barcelona, Anagrama, 2010, 232 págs.) 

Este libro cuenta cómo, a partir de un curioso padecimiento, la gran escritora estadounidense intenta arribar a algo que le permita saber «¿quién somos en el fondo?, ¿dónde reside eso que denominamos identidad?, ¿qué sabemos de nosotros mismos?». Todo comienza con dos hechos traumáticos: la muerte de su padre en 2004 (de la que buscó hacer catarsis en su elogiada novela «Elegía para un americano», una historia de heridas abiertas que es mejor cerrar para poder tirar adelante con los mínimos lastres), y una conferencia que debe dictar, donde mientras ella habla seria y serenamente su cuerpo no para de temblar. El temblor volverá a reaparecer al punto de llevarla a buscar por diversos caminos una forma de curación.

La autora de «Los ojos vendados» se pregunta si eso que le ocurre tiene que ver con «no haber podido llorar a moco tendido la muerte de mi padre como él se lo merecía». Duda si esos temblores son algo inexplicable, una conversión histérica, un ataque de epilepsia, que había sido precedido por constantes jaquecas que la acosaron desde la infancia. Esas migrañas, que esta destacada doctora en Letras, llegó a suponer que eran parte de la vida de todo el mundo, y le hizo internarse desde la adolescencia en obras de neurología, psiquiatría, psicoanálisis, sociología, al punto de que su marido, Paul Auster, le llegó a decir que lo de ella más que estudio era adicción.

Desde la intimidad de sus padecimientos, confesando sin tapujos sus sufrimientos, del mismo modo que lo hiciera Susan Sontag en «La enfermedad como metáfora», Hustvedt hace, a partir de una minuciosa investigación de sus síntomas, una brillante exploración del cerebro y de la mente. Sus enciclopédicos estudios, su interés por las actualizaciones médicas, sus conocimientos a partir de los trabajos que realizó enseñando escritura creativa a pacientes de psiquiátricos, su modo divertido y hasta insolente de contar todo lo que sabe, hacen que su libro se emparente con los más sorprendentes y admirables («Despertares», «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero», «Con una sola pierna») del neurólogo inglés Oliver Sacks. Descubre que cuando una enfermedad queda fuera de las categorías de diagnóstico, hay que empezar por tener en cuenta que lo que sucede es algo propio, y no un invasor extranjero. Le fascina la paradoja de que dé un enorme alivio aceptar que un dolor crónico es para toda la vida.

Recuerda que todo paciente se ve afectado por la interpretación que la sociedad hace de sus males. Y sostiene que «quizá lo más interesante acerca del dolor es que no se trata de una sensación física en crudo, sino que, además de estar determinado por factores culturales, no puede desligarse de la percepción de sí mismo».

Como corresponde a una poeta, ensayista y narradora, el recorrido en busca de una explicación para «males que no parecen tener una causa física», no deja de hacer referencia a lo vivido por Melville, Tolstoi, Yeats, Dickens, Henry James, entre otros. Merecidamente Siri Hustvedt, en la tapa de su libro, podría haber aparecido en el templo de Apolo en Delfos, debajo de la consigna «conócete a ti mismo».

M.S.

Dejá tu comentario