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Buen retrato de soledades en la gran ciudad
Adriana Aizemberg y Martín Piroyansky brindan sólidas actuaciones en «La vieja de atrás», desilusionado retrato de dos solitarios que, salvo el mal carácter, no tienen nada en común.
Un muchacho del interior procura pagarse los estudios de medicina y el alquiler de un departamento con trabajos menores, como volantero o empleado de fotocopiadora a tiempo parcial. Pero le va mal. Para que no abandone, una vecina octogenaria le ofrece un rincón en su departamento. No le piensa cobrar ni la comida, sólo espera un poco de compañía y una sonrisa agradecida. Pero si apenas se saludaban, y no tienen nada en común, salvo el mal carácter, difícilmente puedan llevar adelante una buena convivencia. Son dos agrios sin siquiera un enemigo en común que pueda unirlos, ésa es la verdad.
En apurada síntesis, éste es un desilusionado retrato de dos soledades en la gran ciudad. Una ciudad árida, apurada, que apenas los registra, para colmo en una zona céntrica donde la idea de comunidad barrial se diluye, y alguien puede un día desaparecer de la esquina donde trabaja desde hace años sin que noten demasiado su ausencia. Un segundo personaje femenino contribuye a la desazón, una chica agradable, que parece bien predispuesta a una cita amorosa, pero que rehúye hasta con enojo cualquier cosa relacionada con vejez, enfermedad, y acaso también con la debida piedad hacia viejos y enfermos. Hay gente así, pero el cine la muestra sólo en muy contadas ocasiones, quizá para no malquistarse con posibles espectadoras.
Alguien dijo por ahí que este film se apoya en «una anécdota improbable». Sin embargo, al director se le ocurrió leyendo los clasificados de un diario en Lleida, Galicia, donde una anciana ofrecía pieza para estudiantes a cambio de buena conversación. Intrigado, preguntó y le dijeron que no era la única. Ignoramos, claro, qué éxito tendrán esos posibles contratos, como ignoramos cuánta gente sola hay entre nosotros, aunque la estemos viendo. Pero la anécdota no es improbable. Y la película es más realista de lo que uno quisiera (y no lo decimos sólo por una escena donde el joven, estudiante de medicina, asiste a una vivisección de conejitos, momento inesperadamente fuerte de la historia).
Sólidos, los trabajos de Adriana Aizemberg, avejentada, y Martín Piroyansky. Ambos ganaron ya sendos premios de actuación por esta película, ella en Huelva, él en Gramado, Rio Grande do Sul, donde el autor ganó también su tercer premio al mejor guión. El autor es Pablo José Meza, el mismo de «Buenos Aires 100 km», que ya era buena.


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