Calderón, con un onirismo apropiado

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«La vida es sueño», de Pedro Calderón de la Barca. Dir.: C. Bieito. Int.: J. Furriel, M. Santa Ana, P. Rosso, P. Contreras, A. Yovino, O. Santoro, L. Delgado y otros. Teatro San Martín, Sala Martín Coronado. 

«La vida es sueño» es posiblemente el drama del Siglo de Oro español más permeable a las excentricidades de un régisseur contemporáneo. Escrita por Calderón de la Barca en su período de transición (1635), cuando sus preocupaciones religiosas y filosóficas empezaban a transformar las comedias iniciales sin que su producción hubiera llegado aún a adquirir el rigor sacramental de su última etapa, el espacio donde transcurre su acción es casi irreal, al punto de que la mayor parte de la crítica literaria más respetable considere a la tragedia de Segismundo menos dramática que conceptual.

En «La vida es sueño», obra maestra de la arquitectura verbal española, coexiste sin embargo un desarrollo teatral que aún no había alcanzado la madurez plena en la obra de su autor, de modo tal que la profundidad del personaje de Segismundo, expresado a través de sus monólogos y confrontaciones con su padre Basilio, tienen una estatura literaria muy superior a ciertas acciones de entremés como las que protagonizan Estrella y Astolfo, cuando no la misma Rosaura.

Así, ese trasfondo filosófico, en el que Calderón plantea temas como el del pecado original («el delito de haber nacido»), la culpa, la injusticia y la redención, entreverado con conflictos secundarios que no siempre están al mismo nivel, deviene en una obra no sólo reñida con el realismo, sino atópica. Es en ese sentido que, a lo largo de los años, «La vida es sueño» resiste y se amolda a las más diferentes y contradictorias puestas en escena.

La crispación y el paroxismo, características de una enorme parte del teatro actual, rioplatense sobre todo, no resultan de ese modo chocantes (ni obvios) en la puesta del afamado director español Calixto Bieito, quien lleva varios años «épatant les bourgeois» del público europeo de ópera con sus versiones de Mozart con travestis y felaciones en escena, o sus Verdi con desnudos.

A pesar de las «audacias» que introduce en «La vida es sueño» (montaje que ya tiene diez años), éstas terminan resultando pocas, y hasta pacatas, en comparación con lo que hace en la ópera (a saber: la falsa micción del personaje de Clarín sobre Clotaldo, la exhibición del trasero de Segismundo [Joaquín Furriel], demasiado breve a juzgar por las expectativas de algunas espectadoras, y una súbita aparición de Patricio Contreras completamente desnudo, aunque tapándose de inmediato las partes pudendas, como si su pudor se rebelara contra las marcas de la régie).

Sin embargo, más allá de estas «transgresiones» bieitianas (que tal vez sorprendan en Europa pero que parecen hasta inocentes al lado de cualquier Muscari), su concepción de «La vida es sueño» tiene rasgos interesantes. El espacio de la acción, limitado a un escenario despojado, donde los actores se mueven sobre un gran círculo recubierto de pedregullo sobre el que pende un gran espejo móvil, acentúa plausiblemente ese ámbito irreal, onírico, propio del drama.

La concepción de Segismundo es remarcable: Furriel pone toda su pasión, todo su cuerpo y hasta sus ojos desorbitados en la piel del desdichado y controvertido príncipe. A diferencia de Hamlet (obra que Bieito compara con la «La vida es sueño»), Segismundo se angustia pero no duda. El de Calderón es un príncipe católico, para quien la muerte no es «quizá soñar» sino que el sueño, en tanto muerte, es también redención.

A la irrealidad de este espacio por momentos bizarro, donde resuena música flamenco en vivo de fondo y un vestuario en el que se mezclan ropas de calle, de palacio, un uniforme de oficial de Gestapo y un vestido largo de salón finisecular (metáfora, un tanto humilde, de la ahistoricidad del drama), también podría añadirse el recitado de las perfectas silvas y décimas calderonianas con dicción porteña, sobre todo en los labios de Osvaldo Santoro (Clotaldo), que parece llevar Nueva Pompeya encima.

Pero esto, que podría ser un inconveniente no menor, también parece explotado por Bieito, quien se vale por ejemplo del personaje bufonesco de Clarín (destacado Pacha Rosso), a quien le hace recitar un fragmento que alude a caballos con la entonación de un relator de turf (esto es lo que se llama transformar un defecto en una virtud). La breve interacción de este mismo personaje con el público, en cambio, es superflua y parece de café concert.

Párrafo especial para la estupenda actuación y el buen decir de Muriel Santa Ana en el papel de Rosaura, quien juega muy bien asimismo los dúos con el protagonista. Ana Yovino, como Estrella, carga con un papel menos afortunado que no le permite mayor lucimiento, al igual que Lautaro Delgado como Astolfo. Patricio Contreras hace un buen Basilio, y no sale mal parado de sus luchas contra el vestuario y el no vestuario.

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