Ben Kingsley
y Penélope
Cruz, el
profesor
escéptico y la
alumna
apasionada
en la nueva
realización de
la catalana
Isabel Coixet.
«La elegida» («Elegy», Estados Unidos, 2008; habl. en inglés). Dir.: I. Coixet. Int.: B. Kingsley, P. Cruz, D. Hopper, P. Clarckson y otros.
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El tema del nuevo film de la cineasta catalana Isabel Coixet, basado en una novela de Philip Roth, no es el sexo ni el amor. El tema es la muerte. Cuando un personaje que declina, el profesor David Kepesh, sesentón largo, divorciado y solitario, sólo encuentra en la cama con muchachas jóvenes una forma de «vengarse contra todos los fracasos que tuviste en la vida», el tema es la muerte, o la aproximación de la muerte. Lo mismo cuando se atreve a reconocer que su interior, sus deseos, continúan siendo los mismos que tuvo en su juventud, aunque ya no se correspondan con su cuerpo.
Kepesh (nueva gran labor de Ben Kingsley), un hombre tan culto y refinado cuanto desamparado en ese «interior» al que alude más de una vez, ha llegado a un estado en el que ni siquiera persigue la satisfacción erótica como tal. Tiene una amiga madura (Patricia Clarckson) con la que comparte, más o menos regularmente, algo parecido a una conyugalidad descomprometida (aunque también le miente) pero, además de los serenos placeres del arte y la literatura, sólo lo estimula cualquier nueva conquista entre sus jóvenes ex alumnas como último bastión de su resquebrajado narcisismo. Sin embargo, su cruce con Consuelo (Penélope Cruz) le hace perder el equilibrio. La relación que poco a poco, y sin proponérselo, se va estableciendo entre ellos, reacomoda el «lugar en el mundo» de ambos. Ni el libro ni el film caen, desde luego, en la ñoñería de que ese vínculo represente el descubrimiento del amor, salvo que así se entienda el suplicio y la enfermiza dependencia recíproca, por distintas causas y en tiempos no siempre coincidentes, que deben soportar a cambio de fugaces iluminaciones mutuas, por más intermitentes que éstas sean.
Por razones que no deben revelarse, no sólo el cuerpo de «animal moribundo» del viejo profesor (tal el título original de la novela de Roth) está expuesto; el de Consuelo también juega su parte aunque lo tormentoso, el trance insoportable en el que desemboca esa relación, preceda en el tiempo a ese punto de no retorno. Kepesh empezará a sumar nuevos e insospechados motivos a su ya larga lista de autoflagelaciones: el más vergonzante, sin duda, es descubrirse como un hombre celoso. Justamente él.
Es interesante cómo la directora Coixet, pese a haber contado en su primera producción norteamericana con menos libertad que en sus líricos films anteriores como «Mi vida sin mí» o «La vida secreta de las palabras», se vale del entorno habitual del profesor (la relación con su amigo Dennis Hopper, o con su propio hijo, al que descuidó casi siempre) para dar cuenta de las transformaciones a las que lo impulsa haber conocido a Consuelo.
El personaje de ella no alcanza la misma riqueza, lo que no es de extrañar por tratarse de una historia fundalmente masculina como suelen ser las de Roth. Penélope Cruz, con todo, le da energía y credibilidad a su complicado papel, seguramente el mejor que interpretó en el cine norteamericano, y pese al hecho de exceder en más de una década a la Consuelo imaginada por el novelista, que debía ser una muchacha de no mucho más de veinte años.
El título local, «La elegida», no sólo parece una errata tipográfica del correcto «Elegía», sino la absoluta contradicción al espíritu del film: si hay algo que no hacen los personajes de Coixet es elegir, o elegirse. La «elegía» es un poema fúnebre, y la muerte, como el amor, no se eligen. Sólo sobrevienen.
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