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Claudia Lapacó, lo mejor de “Tres viejas plumas”
La actuación de Claudia Lapacó no logra disimular la intrascendente anécdota de la pieza de Claudia Piñeiro, agravada por una puesta que reduce aún más sus posibilidades escénicas.
Se trata de una historia que da rienda suelta a la emotividad de sus personajes, pero cuyas situaciones dramáticas resultan poco trascendentes o al menos revelan un pobre criterio conceptual.
En «Tres viejas plumas» abundan las frases trilladas y las discusiones de tono sensiblero (entre el protagonista y su padre) sin que la anécdota de base devenga en acciones verdaderamente significativas que generen alguna fantasía, enigma o inquietud en el espectador.
Los hechos resultan conocidos, los personajes identificables; pero eso no basta para despertar el interés del público, ya que la puesta en escena de Marcelo Moncarz (asistente de dirección de Helena Tritek en «Corpiñeras») redujo aún más las posibilidades escénicas de esta pieza. Los personajes no se relacionan con el espacio; algunos monólogos son tan narrativos que quedan fuera de contexto y hasta las apariciones de la madre muerta resultan forzadas y artificiosas, pese a la interpretación llena de encanto que brinda Claudia Lapacó.
La actriz encarna a una mujer luminosa como un hada, que sigue velando por sus dos hijos desde el más allá para que éstos vuelvan a reunirse. La escena en que los tres juegan y ríen en secreto (el padre había prohibido la risa para evitarle a su mujer asmática un posible ataque de tos) se disfruta por su frescura.
Adrían Navarro (Marcelo) logra transmitir el estado de confusión, melancolía y culpa que agobia a su personaje, pero se lo ve mucho más suelto y expresivo cuando comparte escena con Marcos Montes (José) un actor de sobrados recursos que siempre sorprende con sus caracterizaciones. Aquí da vida a un niño grande, de 40 años, cuyo ligero atraso mental está resuelto con humor e inteligencia (y sin imitar a los «Rain Man» y «Forrest Gump» hollywoodenses).
En cambio Julio López, otro actor muy respetado en el medio, debe lidiar con un personaje muy estereotipado y carente de desarrollo dramático que cerca del final -y de manera abrupta- justifica su «maldad» con argumentos incompatibles con su psicología.
En mención aparte corresponde elogiar, una vez más, la participación de Lapacó y las deliciosas canciones infantiles que interpreta en escena con una ternura que desarma.


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