21 de junio 2012 - 00:00

‘‘Cliff’’ o el lado oscuro de ser actor

El mayor reto de Nahuel Cano fue imponer a fuerza de actuación una verdad teatral que trascendiese el anecdotario de la decadencia de Montgomery Clift, cosa que logra a medias.
El mayor reto de Nahuel Cano fue imponer a fuerza de actuación una verdad teatral que trascendiese el anecdotario de la decadencia de Montgomery Clift, cosa que logra a medias.
«Cliff (Acantilado)» de A. Conejero. Dir.: A. Tantanián. Int.: N. Cano. Esc. y Vest.: O. Puppo. («El Extranjero»)

No es fácil ponerle voz y figura a una gran estrella de Hollywood como Montgomery Clift (uno de los creadores del Actor Studios) cuyo estilo interpretativo influyó en muchos artistas de su generación y en varios talentos surgidos durante la década del 60. Hoy, en cambio, apenas se lo recuerda, y no tanto por su destacada labor junto a directores de la talla de John Huston, Howard Hawks, Alfred Hitchcock, Willy Wyler y Elia Kazan, sino por su belleza. La memoria colectiva sólo ha conservado su rostro sublime y aquella mirada rebosante de angustia que parecía traspasar la pantalla.

En «Cliff», pieza del español Alberto Conejero (Jaén, 1978), dirigida por Alejandro Tantanián, el desafío radica precisamente en despegarse de la biografía y del habitual homenaje al ídolo caído (su culposa homosexualidad lo condenó a una doble vida y un accidente automovilístico del que salió desfigurado disparó todos sus miedos y adicciones) para poder jugar libremente con la máscara del inolvidable intérprete de «Río Rojo», «Los inadaptados» o «Mi secreto me condena».

Un único actor (Nahuel Cano) a cargo de distintos monólogos los va transformando en diálogos imaginarios de los que participan, entre otros personajes, la insoportable madre de Monty; Elizabeth Taylor, amiga y protectora; Lorenzo, su asistente personal y eventual amante y el gran Marlon Brando quien intentó rescatarlo, sin éxito, de su pulsión autodestructiva.

Cano está más cerca de un Al Pacino joven y vigoroso que del lánguido Clift, cuyo apellido remite a «cliff» (acantilado), como indica el título de Conejero, que también alude al carácter solitario y abismal del protagonista. Por lo tanto, el mayor reto para él fue el de imponer, a pura actuación, una verdad teatral que trascendiese el anecdotario. Cosa que ha logrado en parte (sobre todo cuando transita por el enojo y la ironía). Pero, en los momentos de mayor tensión emocional, el trabajo del actor resulta algo forzado. Son escenas que ya de por sí resultan un poco obvias y que desentonan con el tono más sutil y distanciado de la pieza.

Lo que prevalece es el lado oscuro de un oficio que exige una entrega absoluta y suele poner en jaque el equilibrio emocional de quienes lo ejercen.

La ambientación visual (con proyección de frases poéticas, tramas, fotografías y retratos del verdadero Clift) realza el clima de la puesta, junto al seductor marco sonoro que permite evocar una época y un ambiente particularmente glamorosos.

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