Recientemente realizó una importante muestra conjunta en el Museo Sívori con su esposa, la destacada artista textil Manuela Rasjido, titulada «El Vuelo de las Raíces», a la que se suma la que exhibe actualmente en Suipacha Galería de Arte (Suipacha 1248, hasta el 30 de noviembre).
Raíces es lo que está en los fundamentos de su permanente búsqueda y también feliz encuentro con el arte que Salvatierra nos muestra con verdadero orgullo porque sabe transmitirnos a los ciudadanos de la urbe hostil los colores que lo rodean en ese valle que atesora la Santamariana. Se trata de una de las culturas precolombinas del Noroeste Argentino, conocida por sus pictografías, petroglifos, cerámicas, metalería y arte textil. Salvatierra se nutre de esos colores y de las formas ancestrales para recrearlas con un sentido muy riguroso de la iconografía prehispánica, a las que también enriquece con texturas en relieve como si surgieran de lo profundo de la tierra. También les ha dado una vuelta de tuerca como para que no queden ancladas en el cliché de lo telúrico o lo folklórico.
Ya sea en «Campo con cielo de randas», «Andahualita», «Cielo Intenso», «Menhires Textiles», técnicas combinadas que poseen una alegre presencia visual como en «Sueño Blanco», franjas de símbolos y signos con el blanco como protagonista, son variaciones alegóricas a una identidad que le es propia, provocando en el espectador una reacción visual y táctil. Trabajo paciente de un artista que vive «en un lugar rodeado de huellas del pasado, entre luces malas y buenas, arqueología, mitos y leyendas», un aura que Facebook o Twitter, no podrán borrar.
*La actual muestra de Mónica Millán (Misiones, 1960) es reveladora de «ese no sé qué» que poseen ciertos artistas tocados por la varita mágica de la creación. Las obras presentadas en
Galería Palatina (Arroyo 821, hasta el 29 de noviembre) son complejísimas, no se puede pasar delante de ellas sin quedar atrapados como, suponemos, queda la mosca en la telaraña.
Un dibujo-encaje, una filigrana sutil, un continuum de lianas, hojas, árboles, medusas, colibríes, un grafito enmarañado, a veces, con apariencia de bordado. La selva se nos viene encima, cómo puede su ojo captar tanta espesura y desentrañarla para nosotros. La imaginamos a Mónica dialogando con la tela, inclinada sobre ella obsesivamente, creemos que no la abandona ni un minuto, sería angustiante no poder terminar eses desafío que se propone.
En una ocasión, Millán nos introdujo en un amenazante jardín bordado; más adelante por un inquietante y oscuro jardín de resonancias; después por un privilegiado jardín donde los seres ejercían un ancestral oficio, el bordado «ao poi». Hubo otras ocasiones en las que el paseo nos acercó a los «tacurúes» (hormigueros gigantes) y ahora nos lleva por un paisaje de encaje, contrapunto levísimo de luz y sombra, nuestra mirada se pierde sin poder descifrar todos sus secretos.
«Y se vino la noche» es un título de amarga connotación que se relaciona con la crisis de 2001, causante, entre otras iniquidades, de la aparición de los cartoneros en la vía pública. Ferrando utiliza todo tipo de papel, cartón corrugado, hilo sisal, soga, lo entreteje entre los fierros de cortes transversales de carrito de supermercado a manera de relieves, compone ese cuadro que forma parte de nuestro deambular por las calles y ya es parte de nuestro paisaje cotidiano.
Entre los cartoneros están aquellos como los de la Cooperativa El Ceibo que reciclan la basura, y Ferrando pone el acento en este aspecto positivo, sobre todo a través del video en el que María Julia, una de las organizadoras de esta cooperativa, arrastra su carro por un paisaje idílico de bosques. Sobre ella caen, como estrellas fugaces, la viruta que vuelve a ser árbol, origen de aquello que ayuda a conseguir el diario y magro sustento ante la mirada del poder que lo ignora.
Galería Dacil (Soria 5125, hasta el 11 de diciembre).


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