9 de diciembre 2014 - 00:00

Cultura vs. barbarie

 La reciente noticia de que más de 30 millones de ciudadanos chinos viven en cuevas en pleno siglo XXI es tan asombrosa como sugestiva. Y si bien estos cavernícolas modernos del noroeste pobre y rural del gigante amarillo ya gozan de agua corriente y electricidad, no por ello dejan de vivir en modo similar a nuestros ancestros de la prehistoria. En esas cuevas de la región de Loess, cuna de la revolución comunista, vivieron nada menos que Mao y el actual presidente Xi Jinping. "Las habitaciones de esas cuevas se mantienen frescas en verano y cálidas en invierno. Las camas están hechas con tierra y colchón de paja, y un horno de leña sirve para cocinar y calentar el ambiente", cuenta una habitante de esas "cuevas horno", como se les llama.

Ahora bien, el contraste de ese modo de vida casi primitivo con el de los que viven "civilizadamente" es notable e inquietante. ¿La vida moderna, ultratecnificada y alejada de la naturaleza, es acaso mejor y más civilizada que la de esos "cuevícolas" de manos ásperas y ropas que huelen a humo del fuego hogareño? ¿No es el hombre desnaturalizado de las grandes ciudades una especie de nuevo bárbaro, alienado por fenómenos propios de la posmodernidad como la virtualidad tecnológica en todas sus formas, la velocidad y el consumismo feroz? "La civilización es una barbarie estilizada", afirmó ese intelectual salvaje que fue Nietzsche, y, a su vez, Ortega y Gasset advirtió: "La tecnología es la producción de lo superfluo, hoy y en la era paleolítica".

Por su parte, el célebre cosmólogo Carl Sagan, preocupado por la pulsión destructiva de nuestra belicosa especie, declaró que si tuviera la oportunidad de hacer contacto con seres más avanzados de otro planeta, lo primero que les preguntaría es cómo hicieron para sobrevivir a la era del progreso tecnológico sin caer en la autoaniquilación, dejando claro que el progreso tecnológico no es, bajo ningún aspecto, sinónimo de progreso espiritual, sino más bien lo contrario, como si la vida "tecnificada" condujera al hombre, irremediablemente, a la enajenación y la barbarie "estilizada".

En suma, el homo faber (hombre que hace herramientas) no sería superior al homo naturalis (hombre natural o primitivo), como podría parecer a simple vista. Más bien, son superiores el homo sapiens (hombre que sabe porque piensa y conoce), y más todavía, el homo creator (hombre que crea), que es capaz de sustraerse a todo tipo de determinismo, y que de algún modo concilia en sí y sublima a las otras "formas" de humanidad conocidas, incluidas las del homo economicus (hombre racional y práctico), el homo ludens (hombre que juega).

Pero entonces ¿qué hacer para contrapesar la vida artificial, enfermante, de las grandes ciudades, que transcurre alejada del silencio pacificador del campo, la majestuosidad enaltecedora de las montañas, la quietud búdica de los bosques, y el poder vitalizante del mar? Huir, retirarse del mundanal ruido no siempre es una posibilidad. Sin embargo, ya que toda acción crea reacción, y que todo lo que existe busca su equilibrio en una permanente tensión de opuestos, en el seno mismo de la civilización el hombre desarrolla la cultura, que no es otra cosa que un despliegue de sus potencialidades espirituales y creadoras, nacidas de su hambre de encuentro consigo mismo, la naturaleza y Dios.

El hombre desnaturalizado busca, anhelosamente, retornar a las fuentes; recobrar el sentido profundo de su vida, de su destino y de su ser. De lo contrario, el sinsentido y el hastío existencial lo corroen y devastan. La cultura, en suma, es esa suerte de caverna primitiva, o primordial más bien, en donde arde el fuego secreto de la vida plena y emocionante, no condicionada por las cenizas grises del utilitarismo y la necesidad. Es en ese fuego vivo y trepidante del alma humana, que se forja el arte, y entre las obras artísticas están aquellas que muy especialmente tienen el poder de devolver al hombre a las "puras existencias" de la naturaleza, al decir del poeta, para de ese modo contrapesar la carga de la vida artificial citadina, que, en su exceso, es sólo barbarie y confusión.

Entre las obras musicales "sanadoras" que transportan al hombre a su origen natural y esencial, está ese himno a la naturaleza que es la Sexta sinfonía de Beethoven, llamada "Pastoral", así como el Cuarteto para cuerdas N° 7 en fa mayor del mismo compositor, y la cósmica novena sinfonía. Pero también, otras muchas obras como: En las estepas del Asia Central, del compositor ruso Borodin; los corales y preludios del magnánimo Johann Sebastian Bach, así como su Suite N° 1 para violoncello en sol mayor; Las cuatro estaciones de Vivaldi; la Serenata gran partita de Mozart; los Impromptus de Schubert y la lista sería interminable. Mientras que en la literatura, podemos mencionar, ante todo, Las geórgicas del panida Virgilio, padre de Occidente; Hojas de hierba de Walt Whitman; y luego, estas obras de tres premios Nobel: los poemas de Saint John Perse; la novela Pan del noruego Knut Hamsun; y los poemas occitanos Mireio y El canto del Ródano del vate provenzal Frederi Mistral. Pero también, obras de autores españoles como las novelas Peñas arriba y Sotileza de José María de Pereda; La aldea perdida de Palacio Valdés; y esa obra genial y metafísica de Gabriel Miró que es Años y leguas. Todas estas obras musicales y literarias poseen la virtud de religar al hombre con la naturaleza esté donde esté, y de devolverlo a la pureza de sus orígenes, a fin de curar esa nostalgia del paraíso perdido que pocos expresaron mejor que Miguel Hernández en su Silbo de la afirmación en la aldea...

Por último, una pregunta obligada, u oportuna: si es bueno que el fin de algo sea semejante a su principio, para que se cierre el círculo apropiadamente, ¿no es lo ideal que el hombre termine sus días, o que al menos lo procure, simplificando su vida tanto como le sea posible? Tenemos el ejemplo extremo del psicólogo Carl Jung, que sus últimos años los pasó a orillas del Lago de Zurich, en su "Torre de Bollingen", que sólo contaba con agua de pozo y una cocina a leña, y no tenía ni electricidad, ni calefacción central, ni teléfono, ni agua corriente, como si ese pequeño castillo hubiera sido convertido en una caverna austera y resonante, en la que el sabio suizo vivió libre, despojado, liviano, casi desnudo, como los hijos de la mar.

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