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Cupones bursátiles
Y a raíz de ello, puntualizó: «La crisis no sólo es el resultado de decisiones tomadas por poderosas firmas financieras...». Si el lector que no lo leyó supone que, a continuación, echaría culpas a los organismos de control, que estaban vigentes mientras el alud se iba formando, se equivoca. Pasó Obama de acusar a entidades financieras a empalmar con: «También lo es de decisiones tomadas por muchos estadounidenses. De abrir cuentas de tarjetas de crédito y firmar hipotecas, que muchos después no pudieron afrontar y cuyos términos contractuales no se entendían...». Esto suena a una poética descripción, acerca de lo que muchos -en todas partes- suelen hacer cuando tienen la ocasión de dar un paso más largo, sin medir los riesgos, para después mostrarse como víctimas de las inclemencias. Y, obviamente, reclamar que el Gobierno de turno los salga a rescatar de las aguas. Aquí, periódicamente y ante cada «veranito» de la economía local, se ha podido comprobar de manera fehaciente.
Y en la Bolsa, de modo impresionante. No querer salir nunca de un ciclo de alzas exuberantes -desoyendo todo consejo- y al quedar rodando en la pendiente echar culpas en derredor, como si a la persona la hubieran obligado a permanecer o a comprar en momentos poco aconsejables. Por allí aparecen también los voceros, que exigen por «regulación» de las bajas, tentándose los funcionarios a meter mano en los cursos naturales: para, en teoría, defender a los imprudentes y a los que son víctimas de su propia codicia: y después, no lo asumen.
La gente responsable va mucho más despacio por la vida, pero suele llegar. El velocista suele chocar.

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