30 de diciembre 2010 - 00:00

Cupones bursátiles

Por las dudas, que algún lector común, o un funcionario del sistema bursátil, nos tilde de faltar a la verdad, abrimos la columna con una aclaración respecto de lo publicado en el pasado martes. Y es que al mencionar al índice Bolsa -antecesor directo del Merval- por desliz tipográfico figuró la fecha de 1987 como de su iniciación, cuando en verdad esto sucedió dos décadas antes, en 1967 (mil novecientos sesenta y siete, dicho en letras, como en las escrituras). Si cometemos equivocaciones a menudo, convencidos, al menos deseamos quitarnos las que resultan de orden involuntario...

La locura europea

Ya listo el prototipo -que por ahora no es otra cosa- saldrá a tocar desde inicios de 2011, un vehículo supervisor que intenta revivir los frustrados y numerosos intentos de toda la historia: colocarles un tijeretazo a las alas de los mercados. En este caso los objetivos son tan amplios que muy fácilmente se empezarán a notar las grietas. Se pretende cubrir la actividad de las Bolsas, los bancos y las aseguradoras. Y como también siempre ha sucedido, sus mentores adosan a las cartas de presentación frases de novela, como: «los días del juego en el casino terminaron».

Se dice que las nuevas entidades, que terminarán encerradas en su trama burocrática, deberán «mantener en jaque a los especuladores, a las agencias de calificación y a los malabaristas financieros...». Un denominado «comisario europeo» -Michel Barnier- disparó también lo suyo: «Se debe volver a hacer entrar en razón a las personas que asuman riesgos locos para obtener ganancias locas...». Esto solo ya demuestra que la verdadera locura se apoderó de funcionarios que, presionados por los gobiernos, creen haber inventado mercados sin riesgo, mercados sin especulación -que es necesaria, imprescindible-, donde todo se desarrolle siempre en un lecho de rosas. Y se elimine la natural fase de los «ciclos económicos» que, tras la bonanza y la madurez, sacuden el árbol y provocan la baja de las aguas, repartiendo castigos naturales, a los «locos» que arriesgaron y perdieron.

A nuestra columna no le interesa lo que dispongan sobre banqueros y aseguradores, pero en lo que atañe a la dinámica de los mercados de riesgo, la pretensión de cercenarlos -los subyacente es querer quitarle el riesgo- conlleva a tratar de encasillar la mente del inversor/operador. La mordaza termina por caerse y la periódica crisis vuelve.

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