12 de agosto 2011 - 00:00

Cupones bursátiles

«Cuando uno se está ahogando, se aferra a lo que sea: aunque resulte la aleta de un tiburón»... (decía un náufrago, con mucha propiedad). Y parece que los operadores de los mercados están en la misma situación, tomándose de lo que pase por el mundo -con cierto aire positivo- y no ya para intentar subir, sino, como objetivo inmediato, neutralizar la corriente bajista. La misma sensación de ahogo parece reflejar nada menos que el titular de la Reserva Federal -el banco de bancos- cuando salió el pasado martes, con el anuncio de hacer llover «maná» del cielo. Mantener la tasa de interés cercana a cero, «al menos, hasta mediados de 2013...». Esto es decirles a los «buenos muchachos» de Wall Street: sigan jugando, redoblen la apuesta, que en este casino actual ustedes tienen crédito asegurado -casi sin costo- por un par de años más.

Que fue el motivo que se enarboló, como causante de inmediato rebote del Dow Jones y derramando optimismo en grageas, por todas las regiones. Vale actuar que en la propia Reserva Federal, las cuestiones no poseen consenso absoluto. Así lo hicieron saber tres consejeros -que votaron en contra de anunciar un tiempo específico, en vez de una promesa sin fecha definida y como se venía haciendo. Tanto Obama, saliendo en persona a porfiar contra una «calificadora» y otorgándole a la entidad -donde estarían festejando- una importancia suprema (para él mismo asegurar que su país siempre es triple «A»), como lo de Bernanke, son modos de intervenir en los mercados, creando incidencias, modificando el curso natural de que hablemos en columna la pasada. ¿Qué se logró con ese tonto artilugio para producir un mísero rebote?..., pues que se desatara una doble caída y a la vista de todo el mundo, hacer ver que se lanzaron cartuchos desesperados. Y que eran de salva.

Que un presidente, del país líder del mundo, baje al llano y se coloque en el mismo plano de una simple entidad de calificación de deuda resulta un error de político torpe. Sin que, además, nadie crea que el problema lo generan los calificativos sino la simple realidad de los datos que se conocen, junto con la desorientación manifiesta de gobernantes -y economistas asesores- que no pegan una, ni por causalidad. Por allí se sumó Greenspan, orgulloso y tranquilo porque ellos tienen la «maquinita» de imprimir dólares. Por otro lado, habla Krugman, siempre pidiendo seguir financiando la fiesta. Y los índices sólo se dedican a ser espejo del feo escenario.

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