20 de septiembre 2011 - 00:00

Cupones bursátiles

Siempre nos incomodó ver la palabra «volatilidad» expresada en todo trabajo sobre mercados para explicar las turbulencias de una tendencia. En verdad, lo «volátil» es lo que se esfuma en el aire, aquello que en buena medida deja de existir.

Nos agrada mucho más la expresión de la «dispersión», el modo en que los precios de los activos se alejan, o se acercan, a su «valor par». Pero debe admitirse que el primero de los términos es el que se utiliza en todos los casos para semblantear momentos como los actuales en los índices bursátiles. Y no se trata de ensayar una discusión sobre el «pelaje» del animal tratado, sino que el tal animal luce un grado de desorientación.

Decimos esto porque leímos -en suplemento de Clarín, de origen foráneo- una nota al respecto y que se titula como: «El nuevo standard, la volatilidad». Y dándole identidad de uno de los cursos ortodoxos de la tendencia, a lo que es una figura anómala. Una distorsión que se produce en el curso del ciclo y que resulta así una imagen atípica, donde la anarquía de rumbo convierte al mercado racional en una suerte de casino o de «ruleta rusa» que debe asumirse cada día. En lo que constituye el reino de la «volatilidad» solamente pueden ganar los aventureros de mercado, los amantes de la adrenalina y los apostadores del día tras día, procurando cobrar un «salario».

Pero resulta sumamente costoso para el sistema todo, porque la persistencia de los «golpes de mercado» van haciendo desertar a los que toman a las acciones como un tipo de inversión y son habitantes permanentes de tal tipo de activo. Solemos decir que todas las «razas» de operadores son necesarias, tanto las que actúan sobre el «fondo» de los ciclos como las de los que se mueven siempre en superficie y actúan en la siempre mal vista línea de «especulación» corta.

Unos, dando basamento de medio y largo plazo, los toros proveyendo de liquidez y dinámica a diario en las ruedas. Malo es que el mix de componentes se haga cada vez más volcado hacia lo superficial, porque vivir en el ambiente de lo inesperado y del cambio del hora por hora, día tras día, no permite realizar ningún tipo de mirada a futuro. Y poder fijar un curso que depare cierta seguridad acerca del destino que le cabe a la Bolsa, por ejemplo, al cabo de 2011. Nadie podría arriesgar a dar una opinión al respecto en medio de esta marea. Y el grado de desertores que acusa el sistema en estos años no ha sido estimado, pero es fiable decir que ha sido mucho.

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