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Cupones bursátiles
Entonces, ¿qué nos queda?, tener que caer en el coro de la mayoría, de jugar, apostar, ver una perla, tomarla un lunes y devolverla un viernes (a poco más). Época en la que si algo campea por encima de los altibajos, es ver de qué modo se han ido destruyendo los andamiajes de mercado. Y donde queda casi como postal exótica, que alguien vaya a armar cartera pensando en resultados de las empresas, tratando de indagar en las condiciones del activo que irá a tomarse. Por motivos repentinos, sin argumentos casi, puede ver el inversor aplicado crecer otros papeles con balances de segunda, suerte de primera y un movimiento que no se sabe de dónde proviene. Mientras que la cartera racional se ve condenada a un segundo plano, vapuleada por los datos del día. O las expresiones caprichosas de los que juegan y les da lo mismo el balance bueno, o el «dato» salvador.
Ver convertidos los recintos en «garitos» de apuestas resulta otro de los «efectos colaterales» de una crisis global de economías, gobernantes, ideas, con el pronóstico de una líder -Merkel- que habla de una década para encontrarle soluciones reales. Así es como en esta semana habrá que peregrinar por el no saber -en absoluto- qué sucederá en el día siguiente.
La labor hay que cumplirla, para eso nos pagan, pero tener que relatar el andar de la actualidad casi merece el rótulo de ser una «tarea insalubre» (aunque es difícil que nos paguen más por ello). Que el interviniente tenga mucha suerte, porque la va a necesitar. (Es el deseo de este columnista...)


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