8 de diciembre 2011 - 00:00

Cupones bursátiles

El Merval se queda fuera del circuito por cuatro días, después ya se llega a primera quincena y donde la atmósfera de las festividades todo lo invade. Para, finalmente, dar por concluido el ejercicio de 2011, ni bien se pise la zona de la «Navidad».

Muy poco es lo que queda de tiempo útil, para que el mercado accionario local tenga chances de abandonar el desagradable primer lugar de los índices más erosionados del mundo. Al culminar el lunes, el Merval había bajado ligeramente su carga y colocarse en un 25%. Ya para el martes, cuando resultó una fecha mixta y tono debilitado en Europa, los referentes nuestros pudieron sumar porcentuales. Pero, el Merval decreció casi el 1% y elevando nuevamente el saldo contrario. Los chilenos -el IPSA- y el indicador chino -de Shanghái- resultan los escoltas, con negativos cercanos al 17% en cada uno. De todas formas, una brecha muy ancha para poder descontarse con las salvedades que hicimos al inicio, acerca de la «vida útil» que le queda al mercado para intentar ganar bastante: y que los otros no lo hagan. Los índices de los recintos de Francia, Japón y Brasil se situaban en derredor del 15% de pérdidas para los doce meses. En síntesis, no aparece un candidato que produzca un golpe tal, como para quitar al Merval el primer lugar entre los peores.

Lo mejor será pensar en el famoso «borrón y cuenta nueva» -para 2012- para ir las carteras en procura del desquite de ejercicio tan perjudicial.

No es chiste el ver carcomido el capital invertido en torno de un 25% a un 30%, sin que surjan señales de que esto es lo peor que ya ha pasado y que existan signos de rehabilitación. En realidad, no los hay, ni el escenario mundial de las economías ofrece esperanzas inmediatas. Y tampoco en lo que respecta a un mercado doméstico que se ve arrinconado en sus totales de negocios y con flaqueza en las cotizaciones. Aquél interrogante acerca del: por qué el indicador de Buenos Aires resulta el peor de los tratados, se irá sin respuestas concretas a la vista.

Y tampoco puede quedar claro qué cuestión local debería modificarse, para acercarles capital de riesgo a las acciones. Con lo cual, apenas queda la carta solitaria y última del maso, que es el simple acto de poder copiar una tónica exterior: si es que la misma logra darse vuelta. Y un fantasmal «comodín» a través de: «la Bolsa tiene razones -como el corazón- que la razón desconoce». Lo que hace que nunca se la pueda dar por muerta.

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