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Cupones Bursátiles
Hay quienes quieren verlo así, otros se fastidian con tal visión, pero el curso del mundo -y a través de todas las señales, que culminan en lo que anotan los índices bursátiles- por el momento apunta en la dirección de dificultades crecientes, para todos. Si se debe desestimar lo de invertir para el largo plazo (porque, según Keynes apuntó, allí estaremos todos muertos), no quedan incentivos para asumir activos de riesgo. En realidad, para casi ningún activo que no represente la imagen del atesoramiento, el refugio, el correr hacia el lugar más seguro y ver allí que pase el tiempo tormentoso.
Para Merkel, de rigurosa moda en sus mensajes, esto tardará -la crisis- «cerca de una década para poder superarse». Antes, en épocas mucho más lentas en el desarrollo de la vida de negocios e inversiones, podía hasta estimarse como de un mediano plazo. Hoy en día significa un muy largo plazo, en la febril mentalidad que impone el vértigo para moverse.
Es así que la arenga sobre que «estos precios no se verán más» se va deshilachando en cada nueva ronda bajista que sigue la tendencia de fondo que predomina, matizada por algunos repuntes temporarios.
Diciembre se nos va entre las manos, la próxima ya será semana impregnada de aroma a festividades, y el Merval corre solo en búsqueda del indeseado puesto: de resultar el índice más corroído, en 2011. Pregunta que quedará sin respuesta, el porqué de tanto castigo, cuando todavía lo peor del mundo no nos ha impactado. Tiempos en los que el valor de una acción es lo que alguien esté dispuesto a pagar por ella. Que barre con todo el arsenal de condiciones que se quieran mostrar. Desarrollos a puro instinto, actitudes donde lo primitivo se impone -como la típica «aversión al riesgo»- y sujeto al principio de conservación.


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