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Curioso drama social sacado de la realidad
Al director de «La mentira» le lleva dos horas y media (casi siempre bien tensadas, afortunadamente) contar la historia de un curioso estafador real, ya excarcelado.
Bien dicen que la mejor estafa es aquella donde todos ganan algo, de modo que hasta la propia víctima siente que sería una desagradecida si hace la denuncia. Tal es el caso que plantea esta película, basada en un hecho real, y en buena parte asesorada por el propio juez que intervino en la causa, pero no por el estafador, cuyo destino actual es desconocido, según dicen los títulos finales. Teniendo en cuenta la serie de pueblitos franceses que iba tachando del mapa, lo más probable es que ya ande por Suiza o más lejos.
Pero atención, ésta no es una comedia de tramposos. Tiene el personaje, tiene la intriga, y el suspenso, que nos hace estar con la expectativa de cuándo lo van a descubrir, o va a delatarse con algún descuido, pero de comedia no tiene nada. Más bien se acerca al drama social. El personaje es un solitario que con llamadas engañosas consigue nombres clave de alguna empresa, luego finge ser miembro de una de ellas, engaña a algún proveedor, cierra el círculo con su reducidor habitual, y plancha los billetes. La plata siempre debe parecer recién salida del banco. Y a rajar.
El enredo es cuando en un pueblo de mucha desocupación del norte de Francia lo creen representante de una empresa constructora dispuesta a retomar obras viales abandonadas años atrás. Dos proveedores le anticipan la comisión para ser tenidos en cuenta. La alcaldesa lo recibe con los brazos abiertos, y también quisiera abrirle sus labios. Es natural, el tipo se engolosina. Pero también, quizá por primera vez en mucho tiempo, convive con sus víctimas. Falso total, seguramente podrá hacer con ellas un camino verdadero, concreto, pagando a todo el mundo e incluso a menor costo del presupuestado por la empresa legal. Siempre que la bicicleta funcione parejo, los recibos luzcan auténticos, quienes lo conocen no intenten chantajearlo, la empresa de la cual dice ser subsidiario no se entere, el asfalto pueda secarse antes que llueva, y él pueda irse antes que llegue la policía.
Casi todo le funciona bien, salvo, quizá, su conciencia, pero a fin de cuentas está haciendo algo bueno. El pueblo está contento, aunque ciertas cosas no le cierren. Tampoco la película cierra del todo en algunos momentos, pero el asunto sigue siendo interesante por varios motivos. Como un espejo de su propia juventud, un chico asocial cambia cuando el estafador le brinda confianza y trabajo honesto (algo que quizás él no recibió, o no supo apreciar en otros tiempos). La moraleja recuerda algún cuento de «Historia universal de la infamia», solo que al maestro Borges le bastaban unas pocas páginas, y en cambio el director del film necesita dos horas y media. Bien tensadas, por suerte, aunque cada tanto le quede algún hilo suelto.
El director es Xavier Giannoli, el mismo de «El artista», con Gerard Depardieu, que acá tiene un personaje menor. Protagonista es Francois Cluzet, habitual actor de reparto de buenos directores. Alcaldesa, Emmanuelle Devos. En rol de asistente, la cantante Stéphanie Sokolinski, alias Soko, que por suerte no canta nada.
P.S.


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