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De la postal bucólica al horror de la guerra
El film de Giorgio Diritti es una tocante reconstrucción de la vida campesina en los Apeninos de los años 40, con una primera parte semibucólica, y muy dura la segunda.
wacher, M. Sansa, S. Croci, C. Casadio, S. Bicocchi.
Se presenta casi de golpe ante nosotros, apenas con un anticipo en Pantalla Pinamar, y arriesga quedar medio perdida en cartelera, pero vale la pena verla, a esta obra realmente fuera de lo habitual. Películas de la Segunda Guerra se han visto muchas, pero ésta es otra cosa. Es, más bien, una película sobre la vida campesina en los Apeninos de los años 40, donde una niña espera a su hermanito. Los quehaceres cotidianos pese a la escasez de recursos, las reuniones en la mesa hogareña, los prejuicios de la abuela respecto a las jóvenes de la familia, el baile a escondidas, los valores morales del trabajo, la sencilla religiosidad de las gentes y del cura que trata de cuidarlas, el paisaje inmenso, simplemente bucólico para quien no lo conoce, visto en una pantalla panorámica que llena los ojos.
Todo eso, y la amarga mezcla de aceptación y rebeldía de los hombres, nos recuerda al cine de Ermanno Olmi, sobre todo «El árbol de los zuecos». También los de esta película hablan entre ellos en dialecto, a veces para que no los entiendan los de afuera, y la maestra habla en italiano, para hacerles entender el peligro. La niña, a veces, juega a la guerra con otros chicos, ingenuamente inspirados en los soldados alemanes y los partisanos que, ahí mismo, llevan adelante la guerra de verdad. Difícil entenderlo, cuando unos la llevan a caballo, y otros son apenas adolescentes, y se sientan con los niños a esperar con mucha cordialidad su rebanada de pan con salsa. Los niños comen primero, por supuesto.
Hasta que un día, en lo que realmente fue una serie interminable de días, ocurre una masacre, como antes hubo, por parte de los partisanos, alguna muerte cobarde y contraproducente. La masacre de Marzabotto, donde, en una semana, murieron cerca de 770 mujeres, ancianos y niños de ese lugar y sus alrededores. Ahí ya nos acercamos a otra cosa, a «La noche de San Lorenzo», de los hermanos Taviani, pero no, el cine de Olmi sigue ahí, nos da un respiro en medio de la angustia, nos dice que la vida sigue también ahí, como siguen los ciclos de la naturaleza, como siguen la niña y su hermanito recién nacido, que ella lleva en brazos, porque el hombrecito viene para que ella lo cuide hasta que sepa defenderse, y defen
Giorgio Diritti se llama el director, y efectivamente es discípulo de Ermanno Olmi y también de Pupi Avati, otro artista de enorme sensibilidad, muy original y a la vez muy cercano a las realidades de la gente común, que por lo común el cine pocas veces sabe registrar. Ésta es una de ellas. Vale la pena.
P.S.


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